Opinión

Honor y gloria a los Comandos Chavín de Huántar

Por: Fernando  Zambrano Ortiz

Analista Político

Hay momentos en la historia de una nación en los que el coraje deja de ser una virtud abstracta y se convierte en un acto concreto, decisivo, casi sagrado. El operativo Chavín de Huántar fue uno de esos momentos. No fue solo una operación militar impecable. Fue una respuesta moral de la República frente al terror. Fue la prueba de que el Perú, aun herido y asediado, podía ponerse de pie y defender la vida, la autoridad del Estado y la dignidad nacional.

Aquel día, los comandos no ingresaron únicamente a rescatar rehenes. Ingresaron a rescatar el honor del país. Sabían que podían no salir. Sabían que cada paso podía ser el último. Y aun así avanzaron. Lo hicieron con disciplina, con temple y con una serenidad que solo tienen quienes han entendido que servir al Perú significa, a veces, poner el propio cuerpo entre la Nación y la barbarie.

Por eso conmueve tanto recordar su valentía. Y por eso duele también pensar en la dureza con que, después, muchos de ellos fueron tratados. Porque el país que debió abrazarlos con gratitud permitió, durante demasiado tiempo, que sobre su sacrificio cayeran sospechas, frialdad, procesos interminables y una crueldad que no siempre distinguió entre el deber cumplido y el ensañamiento retrospectivo. No hay herida más injusta que la que recibe un héroe de la misma patria que ayudó a salvar.

Pero Chavín de Huántar no se explica solo por la valentía de los comandos. También se explica por una decisión política. Hubo un momento en que el Perú debía escoger entre la vacilación y la firmeza, entre resignarse al chantaje terrorista o enfrentarlo con autoridad. Y el gobierno de entonces, encabezado por el presidente Alberto Fujimori, optó por la firmeza. Esa decisión tuvo un enorme peso histórico. Fue la continuación de una política de Estado que ya había dado un golpe decisivo al terrorismo con la captura de Abimael Guzmán, cabecilla de Sendero Luminoso, hecho que marcó un antes y un después en la lucha por devolverle al país la paz y la confianza en sí mismo.

Ese es el hilo que une ambos episodios: la convicción de que al terrorismo no se le podía tratar con ingenuidad ni con ambigüedad. La captura de Guzmán demostró que el Estado podía derrotar a quien se creía intocable. Chavín de Huántar demostró que también podía actuar con precisión, coraje y determinación cuando la vida de decenas de personas y el principio de autoridad estaban en juego. En ambos casos hubo inteligencia, profesionalismo y una voluntad clara de no entregar el país al miedo.

Las generaciones más jóvenes quizá no alcancen a medir del todo lo que significó vivir bajo la sombra del terror. El miedo cotidiano, la zozobra, la sensación de que la violencia quería gobernarlo todo. Por eso es tan importante recordar. Porque cuando se olvida el precio que costó recuperar la paz, también se empieza a olvidar el valor de quienes la hicieron posible.

Los comandos Chavín de Huántar no fueron hombres comunes en una hora común. Fueron peruanos extraordinarios en una hora decisiva. Y nuestras Fuerzas Armadas, en ese capítulo de la historia, estuvieron a la altura del deber, del honor y del país. Allí no hubo cálculo pequeño ni comodidad. Hubo sacrificio, obediencia, coraje y amor por la patria.

El Perú tiene una deuda de gratitud con esos hombres. Una deuda que no se paga solo con medallas ni con ceremonias, sino con memoria, con respeto y con una justicia moral que reivindique sin titubeos lo que hicieron. Porque ellos entraron cuando otros no podían hacerlo. Porque defendieron la vida cuando el terror apostaba por la muerte. Porque nos devolvieron, en una hora límite, la certeza de que el Perú todavía tenía defensores dispuestos a darlo todo.

Honor a los comandos Chavín de Huántar. Honor a nuestras Fuerzas Armadas. Honor a quienes enfrentaron el terrorismo con valor, con firmeza y con lealtad al Perú.