Dr.(c) Miguel Koo Vargas
El Perú necesitaba modernizar su capacidad de defensa. La última compra que hizo el gobierno fue en el año 1998, con la compra de 3 aviones de combate MiG-29SE a Rusia. Y sí, alternativas como el Rafale francés ofrecían prestaciones técnicas superiores en ciertos aspectos. Negarlo sería poco riguroso. Pero reducir toda la discusión a una ficha comparativa es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, irresponsable.
El Perú tiene un socio estratégico clave que es Estados Unidos. Y en defensa, eso no es un dato menor. La compra de los F-16 Fighting Falcon consiste en integrarse a un ecosistema de entrenamiento, mantenimiento, interoperabilidad, acceso a inteligencia, actualización constante y, sobre todo, sostenibilidad en el tiempo. Porque en el mundo real, no en el de los comentarios indignados, un país con mejor capacidad disuasiva tiene mejores oportunidades de negociación en tiempos de paz.
Ahora bien, dicho eso, hay críticas que merecen desmontarse sin anestesia. La primera: “el F-16 es un avión de los años 70”. Una frase que suena informada… hasta que uno la examina dos segundos. Sí, el F-16 nació en los 70. También la computadora personal. Y, sin embargo, nadie en su sano juicio diría que su laptop actual es “tecnología setentera”.
El F-16 adquirido por el gobierno peruano, particularmente en su estándar Block 70/72, es una plataforma profundamente modernizada con radar AESA del F-35 lightning, aviónica digital, guerra electrónica avanzada y arquitectura abierta. Confundir año de introducción con año de fabricación es no entender cómo evoluciona la tecnología militar.
La segunda joya del debate: “Chile tiene F-35”. Este avión moderno es altamente restringido por Estados Unidos. No se vende libremente y ningún país de América Latina lo opera. Ninguno. Es exclusivo para aliados de la OTAN y algunos países como Japón.
Chile, de hecho, opera F-16 Block 50, el modelo previo al Block 70. Exactamente el tipo de plataforma que algunos desprecian sin entender. Y eso debería bastar para elevar el nivel de la conversación.
Pero hay un tercer argumento, quizá el más emocional y, por eso mismo, el más mal planteado: “mejor hubieran construido hospitales o colegios”.
Suena bien. Genera aplausos. Pero es conceptualmente incorrecto. Los Estados no funcionan como una billetera personal donde eliges entre comprar un avión o construir un hospital. Existen partidas presupuestales distintas, con asignaciones específicas: defensa, salud, educación, transporte, etc. No es que el dinero de los aviones “se quitó” de hospitales. Son decisiones que responden a estructuras presupuestarias diferentes, aprobadas bajo marcos técnicos y políticos.
El verdadero problema, y aquí sí conviene indignarse, no es la compra de aviones. Es la corrupción. Es la ineficiencia. Es el dinero que se pierde en los gobiernos regionales saqueados por ladrones, en obras paralizadas y redes criminales. Ahí es donde se caen los hospitales. Ahí es donde no llegan los colegios.
Por ello, más que alimentar mitos y replicarlos, lo mejor es informarse e investigar. Estés de acuerdo o no, es otra cosa, pero no malinformes a los demás.

