Opinión

La segunda vuelta no se gana con voto propio

Por:  FERNANDO ZAMBRANO ORTIZ

Analista Político

La primera vuelta termina, pero la elección de verdad recién empieza. Porque En la segunda vuelta no se define solo por los votos que cada candidato ya tiene, sino por los que todavía puede atraer. En una elección tan fragmentada como esta, lo decisivo no será la base propia, sino el trasvase.

Ese es el punto de fondo. La segunda vuelta no es una simple suma de porcentajes ni un traslado automático de votos de un candidato caído hacia otro que sigue en carrera. Esa lectura mecánica ya no alcanza para entender lo que está pasando. El elector de hoy no se mueve como bloque. Evalúa, compara, duda y, muchas veces, se resiste a alinearse de manera automática.

Por eso el balotaje será, antes que nada, una disputa por el votante ajeno. Por el centro moderado. Por el voto outsider. Por ese elector que en primera vuelta respaldó una opción personalista, de protesta o de nicho, pero que en segunda ya no vota con entusiasmo, sino con cálculo. No elige necesariamente a quien más le gusta, sino a quien le genera menos incertidumbre.

Y ahí está la clave. El trasvase de votos no responde solo a la ideología. Responde al miedo, a la percepción de riesgo, al deseo de orden, al cansancio, a la intuición de quién puede sostener mejor la situación. El votante que queda disponible entre una vuelta y otra no siempre busca representación; muchas veces busca refugio.

Eso explica por qué el blanco y nulo también importan tanto. No son solo una categoría residual. Son la señal de que hay una parte del electorado que no logra cruzar el puente hacia ninguno de los dos finalistas. Son, en cierto modo, el fracaso del trasvase. Y en una elección cerrada, ese fracaso puede decidir tanto como un apoyo explícito.

Durante años, la política peruana creyó que la segunda vuelta se ordenaba sola: bastaba con esperar que los derrotados se alinearan por afinidad o por rechazo. Hoy eso ya no funciona así. La segunda vuelta no se hereda. Se construye. Y se construye, sobre todo, con inteligencia emocional y con capacidad de ofrecer certezas en medio de la incertidumbre.

Por eso, el candidato que llegue a la segunda vuelta creyendo que basta con cuidar su voto duro puede cometer un error fatal. El desafío no será encender a los convencidos, sino persuadir a los que dudan. Contener a los que temen. Evitar que una parte decisiva del electorado se fugue al blanco, al nulo o a la resignación.

La primera vuelta muestra quién existe. El balotaje demuestra quién puede convertirse en mayoría. Y esa mayoría, hoy más que nunca, no está esperando ser arrastrada. Está esperando ser convencida.