Opinión

El Perú hipotecado en segunda vuelta

Por: Dr(c) Miguel Koo Vargas

Más allá de simpatías personales, colores partidarios o pasiones electorales, el Perú parece encaminarse hacia un escenario que debería preocupar a cualquier ciudadano con memoria histórica y sentido de realidad: una eventual segunda vuelta entre proyectos políticos que representan visiones económicas profundamente opuestas, pero que, paradójicamente, podrían coincidir en algo peligroso… generar más incertidumbre, más polarización y más años perdidos para el país.

No hablamos solamente de nombres. Hablamos de modelos.

De un lado, propuestas que apelan al intervencionismo estatal, al discurso antisistema y a la confrontación permanente como combustible político. Del otro, sectores que se presentan como defensores del mercado, pero que tampoco han logrado convencer plenamente de que representan una renovación institucional real.

En medio de ese tablero aparece una escena políticamente reveladora.

En los últimos días, Roberto Sánchez ha buscado marcar distancia pública de Antauro Humala y de sus declaraciones más radicales, especialmente aquellas que generaron preocupación dentro y fuera del país. Más que un simple deslinde político, muchos analistas interpretan estos movimientos como una lectura electoral. Cuando ciertos discursos comienzan a espantar al votante moderado, la necesidad de “corregir el mensaje” aparece casi por instinto de supervivencia política.

Pero el elector peruano ya aprendió a distinguir entre convicción… y cálculo.

Porque en política, las alianzas no desaparecen solo porque las encuestas se mueven.

Y las ideas tampoco cambian porque una entrevista televisiva lo requiera.

A ello se suma la incorporación de figuras altamente polarizantes dentro de algunos equipos políticos, como José Domingo Pérez, cuya trayectoria pública ha generado fuertes cuestionamientos por su antiguo rol como fiscal anticorrupción. Más allá de simpatías o antipatías, lo cierto es que sumar nombres que dividen puede consolidar una base dura, pero también puede cerrar las puertas del votante independiente, ese mismo que suele definir una segunda vuelta.

Y ahí está el verdadero riesgo. No solamente quién gane.

Sino qué tipo de clima político, económico y social se está construyendo para llegar al poder.

El Perú necesita inversión, predictibilidad, empleo formal y confianza institucional. Necesita menos caudillismo y más estadistas. Menos consignas y más ejecución.

Porque cuando una elección deja de tratar sobre propuestas y empieza a tratar sobre miedos, venganzas o supervivencia ideológica… el país entero termina pagando la factura.