Opinión

El ausentismo en segunda vuelta no es neutral

Por: Fernando Zambrano Ortiz

Analista Político

En una segunda vuelta electoral, muchas personas sienten que no ir a votar es una forma de no apoyar a nadie. Para algunos, es una manera de expresar molestia, cansancio o rechazo frente a dos opciones que no los convencen. Esa reacción puede ser comprensible. Pero, en términos políticos y electorales, quedarse en casa no es una decisión neutra.

En una segunda vuelta solo quedan dos caminos. No hay una lista amplia de alternativas, ni espacio para elegir entre varias opciones ideológicas, partidarias o personales. Hay dos candidaturas y una de ellas va a ganar. Por eso, cuando un ciudadano decide no votar, no se queda realmente fuera de la elección. Lo que hace, en la práctica, es dejar que otros decidan por él.

No votar no elimina el peso de ese voto. Simplemente lo traslada a quienes sí participan.

Esto es especialmente importante cuando la elección es ajustada. Si un grupo de electores se moviliza con fuerza y otro se queda en casa, el sector que participa termina teniendo más influencia sobre el resultado. Por eso, el ausentismo puede favorecer indirectamente a un candidato, aunque esa no haya sido la intención de quienes no fueron a votar.

El caso de la segunda vuelta presidencial del 2021 en el Perú ayuda a entenderlo con claridad. En esa elección, Pedro Castillo ganó por una diferencia muy estrecha frente a Keiko Fujimori: apenas 44,263 votos. Al mismo tiempo, más de seis millones de ciudadanos no acudieron a votar. Es decir, la cantidad de ausentes fue inmensamente mayor que la diferencia final entre ambos candidatos.

No se puede afirmar que todos los ausentes habrían votado por una sola opción. Sería un error hacerlo. Pero sí se puede decir que, en una elección tan cerrada, el ausentismo tuvo consecuencias políticas reales. La no participación de una parte importante del electorado terminó favoreciendo, al menos en parte, el resultado que llevó a Pedro Castillo a la presidencia.

Ese ejemplo demuestra algo fundamental: en segunda vuelta, la abstención no queda suspendida en el aire. Tiene efectos. Puede fortalecer a quien tiene un electorado más disciplinado, más movilizado o más decidido. También puede perjudicar al candidato que necesitaba sumar votos de ciudadanos moderados, indecisos o descontentos.

Muchas veces, una persona dice: “No voto porque ninguno me representa”. Esa frase puede expresar una decepción legítima. Pero el problema es que la elección no se detiene porque alguien se abstenga. El ganador será elegido de todos modos. La pregunta no es si habrá presidente, sino quién lo elegirá: todos los ciudadanos habilitados o solo aquellos que sí fueron a votar.

En segunda vuelta, el voto no siempre nace del entusiasmo. A veces nace de la responsabilidad. Puede que ningún candidato sea perfecto. Puede que ambos generen dudas. Pero el elector tiene que preguntarse algo muy concreto: ¿cuál de las dos opciones representa un menor riesgo?, ¿cuál ofrece mejores condiciones para el país?, ¿cuál se acerca más, aunque sea parcialmente, a lo que considero aceptable?

Abstenerse puede parecer una forma de protesta, pero muchas veces termina siendo una renuncia. Una renuncia a influir, a corregir el rumbo, a impedir un resultado no deseado. Si una persona rechaza profundamente a un candidato, pero decide no votar porque el otro tampoco le entusiasma, su ausencia puede terminar ayudando justamente al candidato que más rechaza.

Por eso, el ausentismo no debe verse como un gesto inocuo. En una segunda vuelta, cada ausencia cambia el peso relativo de los votos emitidos. Quienes sí votan deciden no solo por ellos, sino también por quienes se quedaron en casa.

La democracia no solo se ejerce cuando aparece el candidato ideal. También se ejerce cuando el ciudadano entiende que su participación puede evitar un resultado peor, equilibrar una elección o impedir que una minoría más organizada imponga su decisión sobre una mayoría silenciosa.

La segunda vuelta del 2021 dejó una lección clara: cuando la diferencia entre candidatos es mínima, el ausentismo puede inclinar la balanza. No votar no significa lavarse las manos. Significa aceptar que otros tomen la decisión.

En política, las intenciones importan, pero las consecuencias importan más. Una persona puede no ir a votar pensando que no favorece a nadie. Pero el resultado final puede terminar demostrando lo contrario.

El ausentismo en segunda vuelta no es un voto neutral. Es una decisión que, por omisión, puede favorecer a alguien o perjudicar a alguien. Y en una elección decisiva, esa omisión puede cambiar el destino político de un país.