Por Dr(c). Miguel Koo Vargas
El Perú vuelve a caminar sobre una cornisa. Mientras todo apunta a una segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, el verdadero problema ya no parece ser únicamente quién llegue a Palacio de Gobierno. La pregunta de fondo es otra, mucho más delicada: ¿con qué nivel de legitimidad llegará?
Porque una democracia no solo se sostiene en votos. También se sostiene en confianza. Y hoy, seamos honestos, esa confianza está profundamente erosionada.
Las denuncias sobre actas observadas, inconsistencias, incidencias logísticas y cuestionamientos públicos al proceso electoral, más allá de lo que finalmente determinen las autoridades, ya han dejado una herida evidente en la percepción ciudadana. Millones de peruanos no están discutiendo propuestas. Están preguntándose si el proceso merece credibilidad.
Y frente a un escenario tan sensible, llama poderosamente la atención que, hasta este momento, el país siga esperando algo elemental en cualquier sistema que aspire a recuperar confianza. Un peritaje técnico verdaderamente independiente, riguroso y con estándares internacionales.
En el Perú operan firmas de auditoría y consultoría de talla mundial como KPMG, EY, Deloitte o PwC, conocidas globalmente como «The Big Four». Empresas que auditan bancos, multinacionales, gobiernos, fusiones corporativas y operaciones financieras de miles de millones de dólares bajo los más altos estándares de independencia y trazabilidad.
Entonces la pregunta es inevitable. Si estas firmas son capaces de certificar la salud financiera de corporaciones globales, ¿por qué el país no puede exigir, o al menos considerar, una revisión técnica externa que despeje cualquier sombra sobre un proceso que define el destino de más de treinta millones de peruanos?
No se trata de favorecer a un candidato. Se trata de proteger la institucionalidad. Porque cuando la mitad del país siente que algo no está claro, el problema deja de ser matemático y pasa a ser reputacional. Y en política, como en los negocios, la reputación perdida es muchísimo más difícil de recuperar que cualquier resultado numérico.
Hoy millones de peruanos sienten que no están votando por convicción. Están votando por temor. Temor al pasado. Temor a la incertidumbre. Temor a perder estabilidad. Temor a repetir errores que nos costaron décadas. Y ese quizá sea el dato más preocupante de todos.
Los países no caen únicamente por crisis económicas o malas decisiones políticas. También pueden empezar a caer cuando sus ciudadanos dejan de confiar en sus propias reglas de juego.
Y si eso ocurre, el precipicio no empieza el día de la segunda vuelta. Empieza mucho antes… cuando la verdad deja de parecer incuestionable.

