Por: Fernando Zambrano Ortiz
Analista Político
Durante años se repitió que Keiko Fujimori había alcanzado su límite político. Que el antivoto constituía una barrera definitiva y que cualquier posibilidad de crecimiento electoral relevante estaba clausurada. Las elecciones de 2026 han demostrado que, en política, pocas cosas son tan frágiles como las certezas absolutas.
Porque la verdadera sorpresa de esta elección no fue Sánchez. Fue Keiko Fujimori. Los datos son contundentes: superó a 35 candidatos, ganó en 13 regiones, sumó más de 750 mil votos respecto a 2021 y consolidó a Fuerza Popular como la primera minoría parlamentaria con 41 diputados y 22 senadores.
Pero el dato más revelador es otro: logró romper la lógica del antivoto. No porque este haya desaparecido, sino porque dejó de ser ese bloque cohesionado capaz de definir por sí solo una elección. Algo cambió. Y ese cambio tiene una explicación política concreta.
Fuerza Popular entendió que la ciudadanía hoy busca algo más que discursos ideológicos o promesas abstractas. Supo articular un mensaje centrado en tres ideas profundamente conectadas con el momento que vive el país: orden, memoria y esperanza.
Orden, como respuesta a una demanda urgente frente a la inseguridad, el desgobierno y el deterioro institucional.
Memoria, porque para millones de peruanos persiste el recuerdo de políticas públicas que representaron presencia efectiva del Estado, como Foncodes, Pronamachcs, infraestructura educativa y apoyo rural.
Y esperanza, porque la campaña logró devolverle contenido social a la defensa de la economía de mercado, planteando una propuesta que asocia estabilidad económica con reducción de pobreza, empleo digno, mejores servicios públicos y cierre de brechas.
Ese enfoque se reforzó con una estrategia territorial efectiva. El contacto casa por casa permitió reconstruir cercanía con un electorado que durante años fue reducido a categorías abstractas. La política sigue siendo, al final, contacto humano.
Lo ocurrido también refleja algo más profundo: una parte importante del electorado parece haber dejado atrás viejos reflejos políticos para votar desde una lógica mucho más pragmática.
Frente a la incertidumbre, optó por una alternativa que ofrece previsibilidad. Frente al discurso refundacional, prefirió estabilidad con correcciones. Y frente al relato instalado durante años, las urnas respondieron con datos.
La elección de 2026 demuestra que cuando un mensaje conecta con la memoria colectiva y con la esperanza de un futuro mejor, incluso los muros políticos que parecían más sólidos pueden resquebrajarse.
Keiko Fujimori volvió a crecer porque volvió a hacer política donde realmente se gana o se pierde una elección, en la calle, en los barrios, tocando puertas, escuchando a la gente.
Cuando una candidatura deja de hablarle al país desde la distancia y vuelve a mirarlo de frente, los prejuicios empiezan a caer.
Eso fue lo que pasó.
El acercamiento real con la gente terminó rompiendo el muro del antivoto y recordó una verdad elemental que a veces la política olvida: cuando se escucha al pueblo, el pueblo responde.

