Por: Fernando Zambrano Ortiz / Analista Político
La reunión entre Estados Unidos, los principales referentes tecnológicos norteamericanos y el presidente chino en territorio chino deja una señal muy potente para el mundo: la disputa por el liderazgo global ya no pasa solo por la política o por el comercio tradicional, sino por la tecnología, la innovación, la infraestructura y la capacidad de atraer capital de gran escala. Esa escena, en realidad, dice mucho más que cualquier comunicado oficial. Dice que el poder del siglo XXI se construye sentando en la misma mesa a gobiernos, empresas, tecnología y visión estratégica.
Ese es el mensaje que el Perú debería tomar en serio.
Durante años, América Latina ha observado la relación entre China y Estados Unidos como si fuera una tensión externa, casi ajena, como si se tratara de un partido entre gigantes que se juega lejos de nosotros. Pero hoy eso ya no es cierto. La región importa porque aquí están los minerales, los puertos, las rutas del Pacífico, la energía, los mercados y la posibilidad de proyectar influencia económica. Y dentro de ese mapa, el Perú tiene un valor estratégico mayor del que muchas veces reconoce.
No es difícil entender por qué. El Perú tiene salida directa al Pacífico, una posición privilegiada frente a Asia, recursos naturales decisivos para la economía tecnológica y una ubicación que puede convertirlo en un nodo logístico regional. Lo que en otro momento era solo una ventaja geográfica, hoy puede convertirse en una ventaja geopolítica. Pero para que eso ocurra se necesita algo más que recursos: se necesita dirección.
Allí está el problema de fondo. El Perú tiene condiciones para jugar en grande, pero sigue pensándose en pequeño. Mientras el mundo avanza hacia una economía definida por inteligencia artificial, automatización, cadenas de suministro, energía estratégica y control tecnológico, nosotros todavía discutimos el desarrollo como si bastara con exportar materias primas y esperar que el mercado haga el resto. Esa idea ya quedó atrás. El crecimiento del futuro no se medirá solo por lo que un país vende, sino por cuánto valor agrega, cuánto talento forma y cuánta tecnología es capaz de atraer.
Por eso, la gran pregunta para el Perú no es si conviene más acercarse a China o a Estados Unidos. Ese es un debate incompleto. La pregunta de verdad es qué va a hacer el Perú para volverse indispensable para ambos. Cómo va a utilizar su posición, sus puertos, sus recursos y su ubicación para convertirse en un país donde valga la pena invertir, innovar, producir y desarrollar tecnología.
Esa debería ser la nueva conversación nacional.
Si las grandes potencias están dejando claro que la tecnología será el corazón del desarrollo, el Perú tendría que responder con una estrategia igual de clara: atraer a las grandes empresas tecnológicas, generar condiciones para que se instalen, articularlas con infraestructura, energía, educación y logística, y convertir al país en una plataforma regional de innovación y servicios. No basta con querer inversión; hay que ofrecer un ecosistema serio, competitivo y confiable.
Y allí aparece nuestra mayor debilidad. El principal riesgo del Perú no es China ni Estados Unidos. El verdadero riesgo es seguir atrapado en la improvisación, la visión de corto plazo y la pequeñez política. Tenemos activos para ser más que un exportador de recursos, pero seguimos actuando muchas veces como una economía resignada a ocupar un lugar secundario.
Eso es lo que debe cambiar.
El Perú puede ser un centro estratégico del Pacífico sudamericano. Puede transformarse en una plataforma logística, tecnológica y productiva de alto valor. Puede atraer a los gigantes de la innovación y convertir sus ventajas naturales en ventajas de poder. Pero nada de eso ocurrirá por inercia. Requiere ambición, acuerdos, estabilidad y una dirigencia que entienda que el mundo ya cambió.
Porque, al final, la imagen de esa reunión no solo habla de China y Estados Unidos. Habla también de nosotros. Habla de si el Perú quiere seguir observando cómo otros diseñan el futuro, o si finalmente va a decidir sentarse en la mesa donde ese futuro se construye.
El tiempo del diagnóstico ya pasó. Lo que viene exige una decisión más audaz: o el Perú se asume como actor estratégico en la nueva economía global, o seguirá siendo un país con enormes posibilidades, pero condenado a llegar siempre tarde a las oportunidades de su tiempo.

