OpiniónPolítica

Jorge Nieto y el cálculo detrás del voto viciado

Por: Fernando Zambrano Ortiz

Analista Político

El llamado de Jorge Nieto a viciar el voto en esta segunda vuelta no puede leerse ingenuamente como una posición principista. Puede presentarse como un gesto ético o como una protesta frente a dos candidaturas con las que aparentemente no está conforme, pero en política las decisiones no se juzgan por la pureza del discurso, sino por sus consecuencias. Y la consecuencia es evidente: favorece a Roberto Sánchez.

En una segunda vuelta no existe una tercera opción real. Solo hay dos candidaturas con posibilidad efectiva de llegar al poder. Todo voto que se retira de la contienda deja de pesar contra la opción más riesgosa. Por eso, llamar a viciar el voto no es neutralidad: es una forma indirecta de abrirle el camino a Sánchez. Nieto puede decir que no apoya a nadie y que su partido será oposición frente a cualquiera que gane. Pero la política no se mide por comunicados, sino por efectos reales.

Lo más grave es que esta decisión parece responder menos a una convicción democrática que a un cálculo de conveniencia. Nieto sabe que su bancada podría convertirse en bisagra en el próximo Congreso. Sus votos podrían servir para construir mayorías, bloquear iniciativas, condicionar reformas o negociar con el gobierno de turno. En ese contexto, la supuesta neutralidad resulta sospechosa: no comprometerse hoy para poder negociar mañana.

La pregunta cae por su propio peso: ¿Nieto defiende una posición ética o se reserva un lugar en la mesa de negociación del próximo gobierno? ¿Su llamado al voto viciado expresa una línea partidaria o una estrategia personal para no cerrarse puertas? ¿Se trata de principios o de cálculo para negociar ministerios, cuotas de poder y espacios de influencia?

Su trayectoria hace más pertinente esa pregunta. Nieto no es un outsider ajeno a los pactos del poder. Fue ministro de Cultura en el primer gabinete de Pedro Pablo Kuczynski y luego ministro de Defensa durante la misma administración. Es decir, conoce cómo se construyen equilibrios políticos, cómo se ingresa a un gabinete y cómo se negocian espacios en el Estado.

Dicho directamente: Nieto ya demostró que sabe llegar a ministerios. Por eso, su actual neutralidad no puede ser leída con ingenuidad. Quien ya ocupó carteras importantes en un gobierno nacido de acuerdos políticos sabe cuánto vale no cerrarle la puerta a ningún futuro régimen.

Si esa es la lógica, el voto viciado deja de ser una protesta ciudadana y se convierte en moneda de cambio. No sería una defensa del país, sino una maniobra para administrar poder. No sería una posición del Partido del Buen Gobierno, sino una operación de posicionamiento personal.

El Perú ya conoce ese libreto. Lo vimos con Alianza para el Progreso, Acción Popular y Podemos Perú: bancadas que convirtieron sus votos en herramientas de presión, negociación y supervivencia política. Llegaron hablando de representación o renovación, pero muchas veces terminaron actuando como operadores de conveniencia dentro del Congreso. Ese es el riesgo de Nieto: empezar prometiendo buen gobierno y terminar practicando la vieja política que decía combatir.

Pero hay algo que quizá no calcula. Hoy los líderes ya no endosan votos como antes. Los ciudadanos no son ganado electoral ni obedecen consignas de una dirigencia que apenas empieza a construir partido. El Partido del Buen Gobierno no es una maquinaria nacional, no tiene caudillismo real ni una identidad política profundamente arraigada. Es todavía un neopartido sostenido por expectativa, figuras visibles y novedad.

Por eso, muchos de sus simpatizantes probablemente no seguirán la orden de viciar el voto. Entenderán que esta elección no se trata de encontrar al candidato perfecto, sino de impedir el peor escenario. Su voto no le pertenece a Nieto, ni a una cúpula, ni a ningún cálculo parlamentario. En segunda vuelta, votar no siempre entusiasma. A veces incomoda. Pero la política real exige decidir. Escapar de la decisión no es superioridad moral; es abandono.

Viciar el voto puede parecer una protesta. En realidad, puede terminar siendo complicidad pasiva con el peor escenario. Esa es la contradicción que Jorge Nieto no puede ocultar: se presenta como neutral, pero su neutralidad tiene beneficiario. Se dice principista, pero actúa como quien quiere negociar después. Habla de buen gobierno, pero empieza pareciéndose demasiado a la vieja política de siempre.