Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
Siempre causa intriga, en la investigación de los genios, cómo estos fueron de imberbes, cuando recién chapurreaban su arte. Poco podemos imaginarnos al joven Platón, sentado a escribir obritas teatrales; muy poco podemos comprender al novato Schopenhauer, lector de novelas de amor; y desconcierta adentrarnos en el principiante Marx, quien se internaba en los misterios de Spinoza. El principal problema que encuentran los estudiosos es, pues, determinar un nexo causal entre el primerizo y el adulto extraordinario.
El propio autor es el inevitable obstáculo. El maduro Borges renegó de sus primeras obras y hasta trató de inventarse una biografía. Cuando se le consultó cómo es que empezó a escribir los relatos que lo han hecho uno de los maestros de la literatura universal, un verdadero clásico de la lengua, adujo que a partir de un golpe en la cabeza que lo había dejado muy grave, casi al borde de la muerte. Entonces, continuó contando, decidió cambiar su forma de escribir; se lanzó a renovarse a sí mismo, y de ese modo, habrían surgido Ficciones y El Aleph.
No es novedad que se acuse a Borges de ocultarse siempre tras una máscara. Pero en alguien como él, dedicado completamente al puro arte, eso es inerme. Podemos, desde luego, ir pelando la cebolla y hallar nuevas láminas. Frente a la historia contada por Borges en el párrafo anterior, podemos traer a esta tribuna la corrección hecha por Luis Loayza: el golpe en la cabeza, nos da a entender este último, fue solo un mero accidente; tanto Ficciones como El Aleph ya estaban en molde, en brote genial, en deslumbramiento, en la precedente Historia universal de la infamia.
¿Qué componía el joven Borges? Tengo a la mano una baraja de sus primeras creaciones. Tengo su “Himno del mar”, de 1919; tengo sus versos a Rusia, de 1920; tengo su manifiesto ultraísta, de 1921; tengo su revelador ensayo “El cielo azul, es cielo y es azul”, de 1922; tengo las primeras versiones de Fervor de Buenos Aires, su primer libro. Estamos aquí ante un Borges labrador de metáforas y proclamas, premunido de un élan provocador y partidista. Defiende el dadaísmo y el ultraísmo; en alguna línea, vitupera a la democracia; en otra, apuntala a un poeta contemporáneo. Pero si ampliamos la mirada, podemos afirmar con seguridad que Borges está viviendo una renovación de las letras a través de las vanguardias, pero, en ese momento, y a ciencia cierta, él mismo no renueva nada.
No obstante, pareciera que se viene preparando para algo muy grande. Sus dos trabajos juveniles, “La metáfora” y el señalado “El cielo azul, es cielo y es azul”, marcan la pauta de lo que serán sus famosos ensayos posteriores. Ya en estos dos encontramos un despliegue de erudición absorbente; hay argumentos finamente cincelados; el que los leyere debe detenerse dos veces en cada línea. Presenciamos a un Borges exigente con su público. Pero aún tiene veintitrés años.
El joven Borges es absolutamente sentimental, hasta el extremo de la puerilidad. Sus poemas trazan bellezas de atardeceres y de casas bajas, pero son como si fuesen cantados por una añosa sirvienta en el balcón de una decadente mansión. Encantan porque la realidad es ingeniosamente trastocada, pero se hunden, en esencia, en la nostalgia y el desgano. Mas las tablas están listas ya para construir la primera casa: Fervor de Buenos Aires, de 1923.
El Borges premiado y universal ha tratado de sepultar al Borges suspirante, emotivo y gárrulo de El tamaño de mi esperanza, de 1926. Todos recordamos el prólogo de María Kodama contándonos la anécdota sobre la reaparición de ese libro. Con razón dije, anticipadamente, que el autor contribuye poco a su propia biografía. En este caso, el Borges consagrado no supo reconocer en El tamaño de mi esperanza lo que este es: su primera carta de batalla. Antes, él luchaba por el ultraísmo y otros ismos ajenos; con esa obrita, luchaba por élmismo.
¿Cómo reconciliar al veterano y al joven? Pues para eso hay que saber leer una vida. No se debe leerla de manera lineal, ascendente, consagrante. Sino de manera circular. La idea le hubiera gustado al propio Borges, tan hechizado por las esferas. El viejo Giorgie retorna, por lo tanto, hacia el joven y lo empuja hacia la gran empresa; el joven, por su parte, se acurruca al lado del gigante y le contagia sus corazonadas. En cada página borgeana, en fin, veamos a estos dos fantasmas. Fenicientos fantasmas.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

