Opinión

Más promesas insostenibles

Por: Dr(c) Miguel Koo Vargas

Comunicador y profesor de posgrado

Hay propuestas que nacen para resolver problemas. Y hay otras que nacen para ganar votos. La diferencia entre ambas suele descubrirse cuando se analiza en profundidad su viabilidad.

La propuesta del candidato Roberto Sánchez de establecer el ingreso libre a las universidades, aparenta ser una idea noble. Suena inclusiva. Suena justa. Suena sensible con miles de jóvenes que ven en la educación superior una oportunidad para cambiar su destino. El problema es que una propuesta no se vuelve buena por sonar bien. Se vuelve buena cuando puede sostenerse en la realidad.

El Perú tiene una larga historia de enamorarse de las soluciones fáciles. Cada cierto tiempo aparece algún político prometiendo eliminar de un plumazo aquello que considera una barrera para el desarrollo. Si hay delincuencia, prometen acabarla en cien días. Si hay pobreza, prometen repartir riqueza. Si hay problemas en el acceso a la universidad, prometen eliminar los exámenes de admisión. Todo parece sencillo desde un estrado. Todo parece posible cuando la factura la paga otro.

Lo preocupante es que detrás de este tipo de planteamientos suele esconderse el mismo fenómeno que tanto daño le ha hecho al país durante décadas que es el populismo. Ese que convierte los problemas complejos en consignas simples. Ese que promete resultados inmediatos sin explicar consecuencias. Ese que busca aplausos hoy aunque el costo lo paguen las siguientes generaciones.

Porque el progreso verdadero nunca ha sido gratis. Nunca ha sido automático. Nunca ha sido un regalo. El progreso se construye. Se suda. Se pelea. Se conquista con esfuerzo, disciplina, trabajo y sacrificio. Los países que lograron desarrollarse no lo hicieron eliminando exigencias. Lo hicieron creando condiciones para que más ciudadanos pudieran superar esas exigencias.

Y aquí aparece la gran contradicción de la propuesta. Se nos dice que el examen de admisión es el problema. Que la barrera está en la puerta de ingreso. Pero se evita hablar de lo que ocurre detrás de esa puerta.

Las universidades públicas peruanas enfrentan enormes dificultades desde hace años. Infraestructura insuficiente. Laboratorios que requieren modernización. Déficits presupuestales permanentes. Limitaciones para investigación. Procesos burocráticos. Docentes que, pese a su vocación, muchas veces trabajan con remuneraciones que no reflejan la importancia de su labor. Carreras que necesitan más recursos. Estudiantes que ya hoy deben competir por espacios, equipos y oportunidades limitadas.

En otras palabras, el sistema ya enfrenta enormes tensiones para atender adecuadamente a quienes actualmente forman parte de él.

Entonces surge una pregunta elemental que nadie parece querer responder. Si el sistema educativo superior público ya enfrenta dificultades con la población estudiantil actual, ¿qué ocurrirá cuando se incorporen de manera masiva decenas de miles de nuevos estudiantes?

La respuesta es evidente. Más hacinamiento. Más presión sobre recursos limitados. Más dificultades para garantizar calidad académica. Menos capacidad de acompañamiento. Menos oportunidades para la investigación. Menos atención individualizada. Más frustración.

Porque la educación superior no funciona por decreto. La calidad no se multiplica por voluntad política. Los laboratorios no aparecen por arte de magia. Los docentes no se forman con discursos. Los presupuestos no se generan con aplausos.

Resulta curioso que mientras el mundo discute cómo fortalecer la excelencia académica, la innovación, la investigación científica y la competitividad global de sus universidades, en el Perú todavía existan voces que creen que el problema central está en el examen de admisión.

La verdadera desigualdad educativa no comienza cuando un joven postula a una universidad. Comienza mucho antes. Comienza en las enormes brechas de calidad existentes en la educación básica. Comienza en escuelas sin recursos suficientes. Comienza en la falta de oportunidades que muchos estudiantes enfrentan desde la infancia. Allí está el problema de fondo. Allí debería concentrarse el esfuerzo reformador.

Porque una sociedad seria no busca que el camino sea más fácil. Busca que más personas estén preparadas para recorrerlo con éxito.

La educación es demasiado importante para convertirla en una herramienta electoral. Merece políticas públicas responsables, sostenibles y técnicamente viables. Merece reformas profundas, no consignas de campaña.

El Perú necesita más oportunidades. Sin duda. Pero necesita oportunidades reales, no ilusiones disfrazadas de solución.