Por: Walter Miguel Quito Revello
Existe una miopía persistente en el análisis político que insiste en explicar los procesos electorales como batallas de doctrinas abstractas: el libre mercado contra la estatización, la derecha versus la izquierda. Sin embargo, cuando se rasga la superficie de una provincia tan compleja como el Santa, lo que emerge no es un debate ideológico uniforme, sino un mapa social fragmentado. El Santa no vota desde la teoría; vota desde las entrañas de múltiples economías y realidades que coexisten dentro de un mismo espacio geográfico. La polarización que reflejan las actas no es el origen del problema, sino el síntoma terminal. La provincia está dividida estructuralmente, y la política simplemente traduce esas fracturas en votos.
El contraste entre el asfalto urbano y la periferia rural expone con brutalidad esta desconexión. En el corazón de la provincia, Chimbote y Nuevo Chimbote concentran el comercio moderno, los servicios profesionales y el grueso del aparato estatal. Esta densidad institucional produce un electorado sensible a las promesas de orden, seguridad y estabilidad. Chimbote: Mostró una disputa sumamente cerrada, donde Keiko Fujimori alcanzó 63,384 votos (51.083%) frente a los 60,696 votos (48.917%) de Roberto Sánchez. Y en Nuevo Chimbote: Repitió casi con calco el mismo patrón urbano de paridad, otorgando 43,877 votos (50.340%) a Fujimori y 43,285 votos (49.660%) a Sánchez. Este voto no responde a una militancia dogmática, sino al pragmatismo de una población urbana que exige predictibilidad para sus actividades comerciales.
Sin embargo, a medida que el territorio se eleva hacia las zonas andinas o los distritos más alejados de la cuenca, las reglas de juego cambian por completo porque el Estado pasa a ser una figura ausente. El caso de Cáceres del Perú (Jimbe) es el ejemplo más elocuente de este “eje del olvido”: Roberto Sánchez 1,131 votos el 60.176% y Keiko Fujimori 739 votos el 39.824% En este distrito, históricamente distante y obligado a la autogestión, la izquierda consolidó una amplia ventaja. Un patrón similar de rechazo al centralismo se observa en Macate, otro punto rural aislado donde Sánchez se impuso con 889 votos (50.655%) frente a los 866 votos (49.345%) de Fujimori. En estos espacios, el sufragio no nace de manuales ideológicos; es un reclamo silencioso y un ajuste de cuentas histórico de comunidades que experimentan el día a día, desamparadas por el sector público.
Las otras dos almas de la provincia se mueven bajo las lógicas de la producción agraria a gran escala y la economía extractiva del mar: El eje agroindustrial (Nepeña y Santa): Esta zona dinamita el mito de que la inversión privada genera automáticamente paz social. En Nepeña, un motor económico marcado por la presencia de Agroindustrias San Jacinto, Sánchez arrasó con 5,295 votos (64.252%) frente a los 2,946 votos (35.748%) de Fujimori. En el distrito de Santa, la tendencia se mantuvo a favor de la izquierda con 9,608 votos (52.960%) sobre los 8,534 votos (47.040%) de la derecha. La riqueza generada aquí no se traduce en bienestar proporcional, y el trabajador agrícola atrapado entre la formalidad estacional y la precariedad laboral canaliza su descontento a través de un voto crítico hacia el modelo económico.
El eje pesquero y microempresarial (Coishco y Samanco): En los distritos del litoral, la antigua identidad obrera y sindicalizada de los muelles se ha licuado, dando paso a pequeños armadores, comerciantes independientes y PYMES. Esto diluyó las narrativas políticas rígidas y generó escenarios híbridos y cerrados. En Coishco, Fujimori obtuvo una ligera ventaja con 4,913 votos (50.665%) frente a los 4,784 votos (49.335%) de Sánchez. En Samanco, la ventaja conservadora se amplió levemente, registrando 1,607 votos (53.926%) para la candidatura de Fuerza Popular contra 1,373 votos (46.074%) de Juntos por el Perú.
En Moro, la transición de su agricultura tradicional hacia una economía pujante de pequeños productores dedicados a cultivos comerciales de exportación (como la palta) consolidó un giro drástico hacia la derecha, dándole a Fujimori un contundente 3,312 votos (61.768%) frente a los 2,050 votos (38.232%) de Sánchez.
Cuando se analiza el consolidado total de la provincia del Santa, el resultado arroja una paridad matemática absoluta: 130,570 votos (50.169%) para Keiko Fujimori frente a 129,689 votos (49.831%) para Roberto Sánchez. Una diferencia insignificante de apenas 881 votos en un universo de más de un cuarto de millón de electores.
Reducir este empate técnico a una simple polarización política es quedarse en la superficie de la ola sin mirar las corrientes de fondo. El voto en el Santa no expresa una sola conciencia colectiva, sino múltiples formas de sobrevivir en un mismo espacio geográfico.
Donde hay Estado y servicios, el voto se vuelve competitivo y tiende a la conservación del statu quo. Donde impera la desigualdad laboral o el olvido geográfico, emerge el voto de impugnación y protesta. Mientras el territorio siga fragmentado en comunidades que habitan realidades económicas irreconciliables, la política solo seguirá reflejando y poniendo en evidencia lo lejos que están los ciudadanos unos de otros.

