Opinión

La casa del General Prado

Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)

En la ciudad de Huánuco, un paraje de sol, viento y polvo, se alza una casita antañona, del siglo pasado, construida a adobe y tejados, con una puerta a dos hojas y un amaderado balcón simétricamente colocado en el piso de arriba. Una telaraña de cables la adornan por el techo. A un lado de la entrada del frontis hay una pequeña placa. Dice, en resumen: “Aquí nació el general Mariano Ignacio Prado”. La casa está a punto de desplomarse.

El general Prado ha sido, recientemente, materia de comentarios entre los huanuqueños. Quizá también entre los antiguos. Sobre todo, luego de 1879. Tienen en el centro del corazón la gesta de que uno de sus hijos haya sido presidente de la República y héroe en uno de los combates contra España: el 2 de Mayo. Mariano Ignacio Prado, algunas páginas y voces lo afirman, fue ilustre: el joven provinciano que llegó a ascender a fuerza de voluntad y se convirtió, finalmente, en el líder de una nación.

Pero en ese mismo corazón de las gentes hay un pequeño punto, un punto negro, en verdad, un hueco, que se abre como un abismo imposible de sortear. Ese agujero es 1879. El general Prado llevaba tres años dirigiendo el Gobierno peruano, cuando estalló la infausta guerra contra Chile. Nuestras páginas de historia nos desbordan al respecto: el Perú pareció iniciar con un gran ánimo la guerra, pero la realidad lo cogió por el pescuezo y le demostró que no habría más que derrotas tras derrotas. Y todas esas páginas, a un solo dedo, lanzaron la verdad intempestiva y oprobiosa: el presidente, un 18 de diciembre de 1879, ha cogido el vapor Paita y ha partido hacia Panamá. Más escuetamente: ¡ha fugado!

Los huanuqueños se silencian. Algunos le dan vueltas. Asumen que el viaje del general Prado fue demandado por urgencias y necesidades vitales. Otros, con cierto vigor, defienden que un hijo, a fin de cuentas, no debe ser negado; y ese hijo fue, alguna vez, glorioso. Pero los huanuqueños se silencian, como si el hueco de su corazón se hiciera todavía más grande y se tragara a toda la tierra, porque la infamia puede encontrar innumerables justificaciones, pero siempre le falta una: la verdad.

Por eso, helo ahí esa casa, conmemorada, hace muchos años, en honor del presidente Prado, pero que ha sido hoy abandonada a las arañas. A su lado y en toda la cuadra, solo hay tiendas y restaurantes; cada quien barre y lustra su vereda; los oficinistas pasan en elegantes ternos; pero nadie hace caso del hogar del general. Solo una franja de cinta municipal aparece cubriéndola. Su mensaje: peligro de venirse abajo.

Mariano Ignacio Prado ha tenido defensores, y hartos. A los pocos años de su partida inexcusable, retornó al Perú y retomó sus negocios. A las pocas décadas, uno de sus hijos, Manuel Prado, se convirtió en dos veces presidente del país. La familia Prado fue una de las más poderosas. Como huanuqueño, no voy a defenderlo.

Pero tampoco voy a atacarlo. Opositores a la figura de Prado ha habido muchos. Manuel González Prada lo llamó “traidor” y una palabra de él basta para fulminar a cualquiera por los tiempos de los tiempos. Lo que voy a hacer es un ejercicio de ecuanimidad trágica. Pueda que así el menú esté completo.

La gloria y la infamia del general Prado no pertenece solo a los huanuqueños, sino a todos los peruanos. Y solo en los cuentos de hadas hallamos la heroicidad y la villanía por separado. En la historia, y cómo no en la historia peruana, ambas cualidades se pueden encontrar en la misma figura. Desdoblarlas es una insensatez, una incoherencia. Anteriormente, di un ejemplo en concreto: el caso de Francisco Pizarro. Algunos lo detestan; otros lo admiran. Pero ambas posiciones pertenecen a la misma historia, al mismo territorio, que, para bien o para mal, nos cifra. Todos somos la herencia de Pizarro.

El general Prado presenta similar dilema. Nuestro país es capaz de llevar a las alturas a una persona, pero también puede hundirlo en el barro más hediondo. Alguien es deleznable y, sin embargo, puede ocupar la más alta magistratura, en virtud, de nuestra humilde democracia. La historia es productora de siameses. Y si hemos de cargar con el fantasma de Prado por siempre, que sea una carga lectiva, no un lastre. Guarde, al fin, sosiego el corazón huanuqueño.

Estuve hace poco frente a la casa de Prado, con cuidado de que no me caiga una de sus tejas. Si nadie me da la razón, al menos el clima me la dio esa vez: lluvia y sol. Sol y lluvia. Esa contradicción me provocó un profundo suspiro.

(*)  Mg. en Filosofía por la UNMSM