Por : Walter Miguel Quito Revello
Parte I: Del patrón al socio
Cada vez que en el Perú se habla de la reforma agraria de Juan Velasco Alvarado, el debate suele dividirse entre dos extremos. Por un lado, están quienes repiten que Velasco destruyó el agro peruano y sembró la pobreza. Por el otro, quienes idealizan la reforma como si hubiera sido una obra perfecta de justicia social. Ambos relatos, aunque cómodos, son incompletos.
La historia de San Jacinto obliga a mirar con más honestidad. Y para entender lo que ocurrió en nuestro valle, primero debemos reconocer algo esencial: el cooperativismo de la reforma agraria no era un sistema nacido de nuestra propia tradición cultural. No era el Ayllu de nuestros antepasados, donde la tierra no era solo un activo económico sino parte de la vida, de la memoria, del vínculo de sangre y de la reciprocidad con la Pachamama.
El cooperativismo era otra cosa. Era un modelo moderno, jurídico, técnico, importado. Una estructura diseñada desde el Estado para reemplazar la hacienda tradicional. Su lógica era simple y poderosa: eliminar al gran terrateniente y convertir al trabajador en propietario colectivo. En el papel, la idea era revolucionaria. El obrero dejaba de ser peón. Dejaba de trabajar para un patrón. Pasaba a ser socio. Pasaba a ser dueño.
En teoría, la vieja contradicción entre capital y trabajo desaparecía. El trabajador ya no luchaba contra el propietario, porque él mismo formaba parte de la propiedad. Pero la realidad humana rara vez obedece a la teoría. Y ahí empieza la historia de San Jacinto.
La cooperativa no tardó en desarrollar sus propias jerarquías internas. Surgieron órganos de poder: consejo de administración, consejo de vigilancia, gerencias y estructuras burocráticas. Formalmente, todos seguían siendo socios. En la práctica, unos decidían y otros obedecían.
El poder empezó a concentrarse. Y con la concentración del poder, apareció algo inevitable: la diferencia social.
Dentro de la cooperativa comenzó a marcarse una separación que, en teoría, no debía existir. Por un lado, estaban los obreros socios cooperativistas. Por otro, los empleados socios cooperativistas. Parece una diferencia menor, pero no lo era. Era el inicio de una fractura cultural. Porque una cosa es cumplir funciones distintas dentro de una empresa; otra muy distinta es convertir esas funciones en categorías sociales con intereses contrapuestos. Allí empezó la desnaturalización del modelo.
Luego ocurrió una contradicción todavía más profunda. Los socios comenzaron a organizar sindicatos. Aquí conviene detenerse y pensar. ¿Qué es un sindicato? Un sindicato existe para defender al trabajador frente al empleador. Nace de una tensión estructural entre quien vende su fuerza de trabajo y quien compra esa fuerza de trabajo. Pero en una cooperativa, al menos en teoría, no existe esa contradicción.
Entonces surge una pregunta incómoda: Si todos son dueños, ¿contra quién reclama el sindicato? Si el socio es propietario, ¿por qué necesita defenderse de su propia empresa? La sola aparición de sindicatos revelaba que algo estaba fallando en el corazón del cooperativismo.
En San Jacinto, además, la lucha sindical no fue neutral. El norte azucarero siempre fue un espacio intensamente politizado. El APRA tuvo históricamente una fuerte influencia en el movimiento obrero azucarero. También existieron corrientes de izquierda, marxistas y socialistas, que disputaban el control del movimiento sindical. Así, la política partidaria ingresó con fuerza al mundo cooperativo. La disputa dejó de ser únicamente por mejorar la producción o fortalecer la empresa. Se convirtió en una lucha por el control del poder interno. Controlar el sindicato significaba influir en la masa trabajadora. Controlar la administración significaba manejar recursos. Controlar ambos significaba poder. Y el poder, cuando pierde sentido colectivo, empieza a devorar instituciones. Sin embargo, aquí es donde conviene romper un mito. A pesar de todos sus problemas, San Jacinto no colapsó inmediatamente.
No. La cooperativa sobrevivió. Persistió. Funcionó durante años. Incluso con limitaciones productivas, el sistema mantuvo estabilidad social. De casi diez mil hectáreas, solo se cultivaban alrededor de dos mil. Eso podría parecer un fracaso desde una lógica puramente empresarial. Pero la vida no se mide solo en balances financieros. Había trabajo. Había vivienda. Había servicios. Había luz. Había azúcar. Había alcohol industrial. Había comunidad.
San Jacinto seguía siendo un espacio donde miles de familias construían su vida. Eso importa. Porque desmonta la idea simplista de que “la cooperativa ya estaba muerta”. No estaba muerta. Estaba viva, aunque enferma. Y una cosa es una institución enferma. Otra muy distinta es una institución condenada. El verdadero problema empezó cuando el Estado comenzó a retirarse. Continuara…

