De Carlos Enrique Freyre
Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
Hay historiadores que piensan que la historia es un asunto del pasado y que es imposible volver, que es imposible cambiarlo. Piensan que la historia es como la física: que, cuando se suelta un vaso, este se rompe y, por ley, ya no puede revertirse ese suceso. Pero la historia no es una ciencia material, sino una ciencia simbólica (si es que me cabe ese nombre); en otras palabras: lo que contamos sobre el ayer son símbolos, no datos.
El pasado, pues, es capaz de ser rehecho; y si la historia no quiere hacer su trabajo, la literatura lo hace en su cambio. Este es el caso de Tierra de canes de Carlos Enrique Freyre. Su novela vuelve al pasado y lo reconstruye, pero lo consigue desde otro ángulo: desde el lado de los perros de combate que llegaron con los españoles al Nuevo Mundo y lo devastaron. Poco se había tratado sobre este asunto, tanto en las letras como en los estudios historiográficos (se había preferido, en todo caso, al caballo). A las justas, Tzvetan Todorov había dedicado su libro sobre la conquista de América a una mujer maya aperreada por los conquistadores.
Freyre es sagaz. Las novelas históricas sobre la América colonizada tienden al barroquismo. Lo barroco en América surge como impulso natural, ante la exuberancia y lo desbordante del territorio. Pero Freyre se desvía de esa línea: asume la concisión y las imágenes certeras. Su prosa ni siquiera quiere arcaizarse, mucho menos los diálogos, a pesar de estar encuadrados en el siglo XVI. ¿Triunfa este nuevo formato? Lo ha conseguido William Ospina en Colombia con novelas similares. El mismo logro acusa Freyre.
La llegada de los perros a América implica una nueva historia. Pareciera que los indígenas hubieran aprendido a temer a Dios por los ojos feroces de los perros. No fue necesario para Freyre describir tantas escenas de desmembramientos y matanzas, para impactar sobrecogedoramente: solo le bastó presentar a su fila de canes de guerra, literalmente armados hasta los dientes, enormes, babeantes y voraces. El terror estaba en su sola presencia. Cuando el español lanzaba la orden de atacar –“¡tómalo!”–, parecía que se abría el mismo infierno.
Tomás de Xérez es el personaje primordial. Llega a América con la expedición de Ovando y, por circunstancias azarosas, se convierte en un aperreador. Su perro, Baldomero, es su compañero de armas. Pero tal como la novela lo desarrolla el argumento suele entremezclar la voluntad de los animales con la de los hombres. Cuando, en el transcurso, los perros se “independizan” de sus dueños y se convierten en jaurías hostiles a cualquiera, parecen expresar una voluntad humana: comprensiva y exterminadora a la vez.
Resulta simbólico (toda historia es símbolo, ya lo dije) que Freyre haya enlazado la parte final de su novela con Francisco Pizarro, quien estaría próximo a partir hacia el Birú. El diálogo entre Xérez y Pizarro vale para tenerlo entre los anales de nuestra historia: todos los guerreros y verdugos se juntan en esa conversación y el destino de nuestra tierra, en la que habitamos todavía quinientos años después, se avizora como un horizonte de humillaciones y tragedias. Se vienen tiempos de reabrir nuestras carpetas.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

