Opinión

Volver a empezar

Por: Dr(c) Miguel Koo Vargas

Comunicador y profesor de posgrado

Durante demasiado tiempo, los peruanos vivimos pendientes de la siguiente crisis política. Presidentes que no terminaban sus mandatos, enfrentamientos entre poderes del Estado, cambios constantes de ministros e incertidumbre permanente marcaron una etapa que terminó afectando la confianza, la inversión y el ánimo del país.

Hoy, más allá de las posiciones políticas de cada ciudadano, el Perú tiene la oportunidad de recuperar algo que resulta indispensable para cualquier nación que aspire a desarrollarse, que es la estabilidad.

La estabilidad no significa ausencia de críticas ni uniformidad de pensamiento. Significa que las reglas del juego son claras, que las instituciones funcionan y que las decisiones importantes pueden tomarse pensando en los próximos diez años y no en la siguiente semana.

Cuando un país transmite estabilidad, las empresas invierten con mayor confianza. Los emprendedores se animan a crecer. Los bancos prestan con mayor seguridad. Las familias planifican mejor su futuro. Y el Estado puede concentrarse en resolver los problemas de fondo, en lugar de administrar crisis políticas permanentes.

El Perú tiene enormes desafíos por delante. La inseguridad ciudadana exige respuestas inmediatas. La informalidad continúa limitando el crecimiento económico. Las brechas en salud, educación e infraestructura siguen afectando la calidad de vida de millones de peruanos. Ninguno de estos problemas desaparecerá de un día para otro.

Pero hay una diferencia fundamental entre un país estable y uno inmerso en la incertidumbre: el primero puede planificar; el segundo apenas sobrevive.

La estabilidad también debe traducirse en madurez política. Gobernar implica escuchar, dialogar y construir consensos. Una democracia sólida no elimina las diferencias; aprende a administrarlas sin paralizar al país.

Los ciudadanos también tenemos una responsabilidad. La estabilidad no depende únicamente del Gobierno o del Congreso. Depende de que defendamos las instituciones, exijamos transparencia, rechacemos la corrupción y comprendamos que el desarrollo sostenible requiere paciencia, continuidad y responsabilidad.

Después de años de confrontación, el Perú merece volver a hablar de crecimiento, innovación, empleo y oportunidades. Merece que las noticias económicas vuelvan a ocupar más espacio que las crisis políticas.

Esta puede ser una etapa para recuperar la confianza perdida. Pero esa confianza no se decreta. Se construye con decisiones acertadas, respeto por las instituciones y resultados concretos.

El verdadero éxito de los próximos años no será que desaparezcan las diferencias políticas. Será que, pese a ellas, el Perú vuelva a ser un país donde sea posible pensar, invertir y construir con una mirada de largo plazo.