Conforme transcurren los días y las semanas, los pronósticos emitidos por las entidades científicas especializadas no solo se mantienen, sino que se fortalecen. Los reportes del Instituto del Mar del Perú (Imarpe), de la Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño (Enfen) y del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) coinciden en un mismo diagnóstico: el Perú atraviesa un Niño Costero de magnitud fuerte y las condiciones oceánicas seguirán siendo favorables para su permanencia, por lo menos, hasta octubre.
Las cifras son contundentes. La temperatura superficial del mar registra anomalías superiores a los dos grados Celsius en todo el litoral, con valores que alcanzan hasta 5.3 grados por encima de lo normal frente a San Juan y 3.5 grados frente a Chimbote. Más preocupante aún es que este calentamiento no se limita a la superficie, sino que se extiende hasta aproximadamente 150 metros de profundidad, una condición que dificulta un enfriamiento rápido del océano.
No se trata, por tanto, de una advertencia aislada ni de un escenario hipotético. La ciencia viene anticipando que el calentamiento persistirá debido al ingreso de nuevas ondas Kelvin cálidas, mientras que la única onda fría prevista para agosto tendrá una influencia limitada. En otras palabras, las condiciones que favorecen lluvias intensas durante el próximo verano continúan fortaleciéndose.
La experiencia de los peruanos debería bastar para comprender la magnitud del desafío. Los fenómenos de El Niño han dejado, en distintas oportunidades, miles de damnificados, infraestructura destruida, pérdidas millonarias en agricultura, pesca y transporte, además de un enorme impacto social. En Áncash, y particularmente en la provincia del Santa, todavía permanecen pendientes importantes obras de prevención y proyectos de defensas ribereñas que debieron ejecutarse con mayor anticipación.
Por ello, este es el momento de actuar. No basta con monitorear el comportamiento del océano ni con difundir reportes técnicos. Corresponde que los gobiernos nacional, regional y locales aceleren las acciones preventivas, ejecuten los presupuestos disponibles, limpien y descolmaten ríos, quebradas y drenes, revisen el estado de puentes, fortalezcan los sistemas de drenaje urbano y preparen planes de contingencia que realmente puedan responder ante una emergencia.
Asimismo, la población tiene una responsabilidad que no puede eludir. La prevención comienza en cada hogar, evitando construir en zonas de riesgo, manteniendo limpios los cauces y colaborando con las autoridades cuando se desarrollen acciones preventivas. La cultura de prevención no puede aparecer únicamente cuando las lluvias ya han comenzado.
La información científica constituye una herramienta para tomar decisiones oportunas. Ignorarla sería repetir errores que el país ha pagado muy caro en el pasado. Hoy no existen excusas para alegar sorpresa. Las señales están dadas y los especialistas vienen alertando con suficiente anticipación sobre el escenario que podría presentarse en los próximos meses.
El Niño Costero ya no es una posibilidad lejana. Es una realidad que exige preparación, coordinación y responsabilidad. Cada día que se pierde sin ejecutar medidas preventivas es un día ganado por el riesgo. Ojalá que esta vez las autoridades actúen antes de que la naturaleza vuelva a recordarnos, con dolorosas consecuencias, el alto costo de la improvisación.

