Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
El libro de John Keegan, The First World War (Vintage Canada, 2000), es tan apreciable por intenso. La historia puede convertirse no solo en una intrigante novela, sino también en una larga epístola a la humanidad. Keegan condensa los datos y los rezuma en una obra trágica, imperecedera, genial.
Ya en sus otros libros el autor nos ha trasladado con fidelidad el grito desesperado y angustiante de los soldados. En esta versión, tiene que expandirse para comprender no solo la mente de los generales y diplomáticos, sino también para dar luces sobre el descalabro general de los Estados europeos a inicios del siglo XX. La guerra no se da por error (aunque la mala suerte siempre echa la mano), sino por la voluntad autodestructiva que, de vez en vez, viene a derribar cualquier civilización.
La Primera Guerra Mundial empieza, precisamente, con una lógica desequilibrada. Se creyó que en la guerra debía haber una exactitud tal que permitiese no solo una victoria, sino una victoria rápida. Era el war by timetable. El tren, el medio de transporte más eficaz y raudo, contribuiría al establecimiento de esa lógica. Alfred von Schlieffen había diseñado un plan para que, en caso de guerra contra Francia y Rusia al mismo tiempo, Alemania invadiera cronométricamente a aquella, para luego vérselas con el gigante ruso. Pero el Plan Schlieffen, como se llamó entonces, tenía una sola virtud: la abstracción.
Como apunta Keegan, la precisión del plan alemán se fue al tacho, porque ningún cálculo para esa invasión podía materializarse. Y en los hechos, luego de declarada la guerra, los alemanes se detuvieron cerca de París y debieron retroceder, para que se inicie lo que hoy todos ya sabemos: la guerra de trincheras. El frente occidental se convirtió en un verdadero punto muerto.
Quiero detenerme en el famoso frente occidental, al que también mucho presta atención John Keegan. Como inglés, este guarda bastantes sentimientos por el bando aliado, y particularmente, por los soldados británicos (los Tommy) caídos en el Somme. A la batalla del Somme, por lo demás, le ha dedicado otros escritos. El frente occidental es revelador. Mejor: trágicamente revelador. Dicho frente descubre una nueva arma de combate hacia el final del conflicto: el tanque. Resulta hoy irónico que los aliados principiaran en esta tecnología ventajosamente sobre los alemanes, pero serían estos, en la siguiente guerra, quienes vencerían a los aliados mediante el uso masivo de los tanques.
No obstante, hay otro hecho más fatalista en el frente occidental. Es el caso de la ciudad de Ypres. Este fue el escenario de tres batallas, que duraron prácticamente casi toda la guerra. El gas también fue un arma típica en estos combates. Pero más peligroso que el gas había un hombre, que, para ese entonces, es cierto, no lo era tanto, sino que lo sería varios años más tarde: Adolf Hitler. Él estuvo en la primera batalla de Ypres. Él se fogueó en Ypres. Él nació en Ypres. Si la madre guerra produce elementos inesperados, he aquí un verdadero ejemplo.
Keegan, en su libro, recorre los otros escenarios de la Gran Guerra, desde los conflictos en Medio Oriente hasta las luchas en el Mar del Norte. A su vez, se concentra objetivamente en el frente oriental, relatando el avance y el desplome de Rusia. Resulta interesante notar que la revolución bolchevique no fue tanto un proyecto poderoso e inevitable que surgió como alternativa ideal para Rusia, sino que se dio producto de los azares del conflicto, especialmente, de las victorias alemanas y su inminente amenaza de invasión sobre Petrogrado, la capital.
La Primera Guerra Mundial terminó en la derrota material de Alemania, pero no en su espíritu. Este se reconcentró en una ciega revancha que, a la larga, la llevaría de nuevo al abismo. El libro de Keegan busca entender esta larga tragedia que, en verdad, solo acabaría en 1945. Sus páginas finales son de una lección indeleble. Su conciso inglés puede ser leído ya de un tirón.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

