POR: FERNANDO VALDIVIA CORREA.
Albert Einstein dijo que “la diferencia entre genialidad y estupidez, es que la genialidad tiene sus límites”. Y, si hay algo que la izquierda no aprende es la tolerancia, y con ello mantener la unidad entres sus simpatizantes. A nivel regional, el dictador Daniel Ortega afirmó que no habrá más elecciones en Nicaragua, para evitar que la “derecha” gane; mientras que Lula Da Silva expresó que mientras viva, la “extrema derecha” no volverá a gobernar Brasil. En ambos, aplausos exuberantes pero efímeros, pues restringe (sino elimina) la participación ciudadana en las urnas.
En nuestro país, en el 2021, de 130 curules, 37 fueron para Perú Libre, el oficialismo. Al año siguiente, 21 de ellos se alejaron para formar las bancadas de Perú Bicentenario, Bloque Magisterial y Perú Democrático. Y, al 25 de julio pasado, quedaron solamente 11 legisladores. Las causas de la fragmentación partidaria fueron, entre otras, la de imponer desde el Ejecutivo el voto en determinados proyectos normativos, lo que generó en el tiempo desazón en algunos Parlamentarios, principalmente afines a la ideología del exmandatario Pedro Castillo.
Y volverá a repetirse. De 60 Senadores, el autodenominado “bloque de oposición” suma 30. De ellos, 14 son de Juntos por el Perú (JPP) y 4 de Ahora Nación. El resto lo completan Buen Gobierno con 7, y Obras con 5, cuyos líderes son –hasta el momento– Jorge Nieto y Ricardo Belmont, respectivamente. Sí, transitoriamente, toda vez que son comodines. El primero, con declaraciones cantinflescas al aseverar que jamás se sentaría en la misma mesa con un movimiento político que lleva en sus filas a “gente del MOVADEF”, y luego aparece rodeado y transando con esas mismas personas. En tanto que el otro, su mira está en la postulación a la Alcaldía de Lima.
Bueno, resulta que para la elección a la Mesa Directiva, toda la oposición mostraría públicamente sus votos. Llegó el balotaje, y empate; no obstante, en la segunda vuelta, un voto fue declarado nulo. A los minutos, los reflectores apuntaron a Silvana Robles de JPP, al detectarse que escondió el papel para introducirlo en el ánfora. Al término de la sesión, Roberto Sánchez anunció su separación, tildándola de tránsfuga. En simultaneo, Robles negó la imputación, recalcando su antifujimorismo. Y, en adición, el último viernes un diario local dio cuenta que Silvana habría descontado ilegalmente el sueldo a sus trabajadores del despacho congresal. Raudamente, salió a negar afirmando que “durante toda mi labor legislativa he actuado con estricto respeto a los derechos laborales, y dignidad de quienes integraron mi equipo de trabajo”. Apoyando su defensa, el también Senador Fernando Rospigliosi manifestó que “las denuncias son antiguas, a pesar de lo cual la incluyeron en su lista y votaron por ella. El punto es que creen que no siguió su consigna y no votó por ellos. Por eso la denuncian”.
Lo que mal empieza, acabará mal. Probablemente Robles sea expulsada de JPP, y por ende de la misma bancada, con lo cual Fuerza Popular tendría mayoría (siempre con el apoyo de Renovación Popular). Más aún, esta baja sería el punto de punto de inflexión para que otros colegas evalúen su permanencia en esa llamada “oposición”.
En primer lugar, la Constitución y el Reglamento de la Cámara refieren que el sufragio es a conciencia, además de secreto. Y ningún acuerdo interno de senadores puede ni debe transgredirlas. Y, segundo, las interrogantes que flotan son: ¿qué ocurrirá cuando se presente un determinado proyecto de ley sobre el cual muestren disconformidad, o adviertan conflictos de intereses, y la consigna “de arriba” sea votar en bloque?; ¿Dónde queda mi deber de representación, o acaso estoy ahí solo para calentar el asiento, mientras los que no firman y sí instruyen quizá estén haciendo negociados?. Como bien reseña Peru21 “Medidas de esta naturaleza abren la puerta al chantaje y a la extorsión, o simplemente a la posibilidad de penalizar al parlamentario cuyas votaciones en el hemiciclo no sigan las consignas partidarias o lo que dispongan las alianzas establecidas por su bancada”.
Silvana, lejos de ser la villana de esta historia política, se convierte en el roble que permite continuar afianzando nuestra bien lograda democracia, en contraposición con los sueños de opio de una izquierda que sigue apelando a la imposición de ideas en pro de unos cuantos.

