El dengue no da tregua. Los recientes reportes de un posible caso en San Jacinto y la confirmación de cinco nuevos contagios en la ciudad de Casma son una clara advertencia de que esta enfermedad continúa representando un riesgo para la salud pública en nuestra región. Aunque las autoridades sanitarias han reaccionado con rapidez mediante la activación de cercos entomológicos, la búsqueda activa de pacientes y las campañas de prevención, el éxito de estas acciones dependerá, en gran medida, de la participación responsable de la población.
La experiencia de los últimos años ha demostrado que el dengue no puede combatirse únicamente desde los establecimientos de salud. La eliminación del mosquito Aedes aegypti, transmisor de la enfermedad, requiere un esfuerzo conjunto entre el Estado y la ciudadanía. Cada recipiente con agua acumulada, cada tanque sin tapa y cada vivienda cerrada o inaccesible para las brigadas representan una oportunidad para que el vector continúe reproduciéndose y aumente el riesgo de nuevos contagios.
En San Jacinto, las brigadas de la Red de Salud Pacífico Sur inspeccionaron 161 viviendas y detectaron tres con presencia de larvas del mosquito. Sin embargo, más de un centenar de inmuebles no pudieron ser intervenidos porque estaban cerrados, deshabitados o sus propietarios no permitieron el ingreso del personal sanitario. Una situación similar ocurre en Casma, donde más de 2,400 viviendas permanecen fuera del alcance de las acciones de control. Esta realidad debe llamar profundamente a la reflexión.
No se trata de una simple visita domiciliaria. Permitir el ingreso de las brigadas significa brindar la oportunidad de identificar y eliminar focos de reproducción antes de que se conviertan en una amenaza para toda la comunidad. Negarse a colaborar no solo pone en riesgo a quienes viven en esa vivienda, sino también a los vecinos, especialmente a niños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas, quienes pueden sufrir las formas más graves del dengue.
Otro aspecto que no debe pasar desapercibido es la importancia de la prevención cotidiana. El lavado frecuente de los depósitos de agua, el cepillado de sus paredes, mantenerlos correctamente tapados y eliminar cualquier objeto que acumule agua de lluvia son medidas sencillas que pueden marcar la diferencia. Del mismo modo, el uso de repelentes, mosquiteros y la conservación de los larvicidas colocados por las brigadas contribuyen a reducir significativamente la presencia del mosquito.
Pero también es fundamental la vigilancia de los síntomas. La fiebre alta, el dolor de cabeza intenso, el dolor detrás de los ojos, así como los dolores musculares y articulares, no deben ser minimizados. Acudir oportunamente al establecimiento de salud y evitar la automedicación puede salvar vidas, ya que el diagnóstico temprano permite brindar un tratamiento adecuado y prevenir complicaciones.
Las autoridades sanitarias están haciendo su parte con cercos epidemiológicos, vigilancia permanente y campañas informativas. Sin embargo, ningún esfuerzo institucional será suficiente si la población baja la guardia o considera que el peligro ha desaparecido. El dengue suele intensificarse cuando la percepción del riesgo disminuye y las medidas preventivas se relajan.
Hoy más que nunca, la prevención debe convertirse en una tarea diaria y compartida. Cerrar las puertas a las brigadas o descuidar la limpieza de los hogares solo favorece al mosquito. En cambio, abrirlas a la prevención significa proteger la salud de nuestras familias y de toda la comunidad. El dengue sigue presente; por ello, bajar la guardia no es una opción.

