Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
El alemán Paul Tillich ha sido uno de los grandes teólogos del siglo XX. Y hablamos de grande en el sentido de amplio y abierto, compréndase, leído desde distintos sectores y ángulos de la sabiduría humana.
Como dicen los estudiosos, su propia vida personal (la temible severidad de su padre) y su trayectoria profesional (la docencia en Alemania y en Norteamérica, ambas de tradiciones diferentes), han marcado decisivamente el perfil filosófico de Tillich. Tuvo este, así, el deseo de romper con una tradición religiosa, pero a su vez el de enrumbar a la religión hacia los nuevos tiempos modernos.
Aunque esto es solo un acercamiento, no es difícil destacar el punto clave de partida del pensamiento de Tillich: la secularidad. Cerrada la Edad Media, el mundo empezó a transformarse en un mundo moderno y eso implicó que la religión o iba a desaparecer del todo o iba a ser reducida a un espacio secundario. Se ha asumido que ocurrió lo segundo y, por ello, nuestra era secular se representa como una en que la religión es solo una alternativa (ya no la principal) entre las distintas visiones del hombre. Hoy este podría ser feliz y correcto sin la necesidad de creer en un Dios.
Tillich, a principios del siglo XX, descubrió esa amenaza de debilitamiento de la religión. Y la situación era más crítica en su época. La Primera Guerra Mundial había desilusionado tremendamente al ser humano; el comunismo y la democracia liberal atacaban, cada una a su modo, la visión religiosa de las cosas; la tecnología irrumpía como mayor atractivo para las personas. La religión, luego, parecía echarse en total retirada. Por ese motivo, Tillich acometió su propio rescate.
En su famosísimo texto de 1919, “Sobre la idea de una teología de la cultura”, Tillich reinauguró una nueva posibilidad de la religión para los tiempos modernos. ¿En qué consistía ello? En que la religión debía estar en la base de cualquier expresión cultural por más arreligiosa (o secular) que parezca, como la economía o la política. En otros términos, por ejemplo, no se podía hablar de la economía sin la idea del bien común, la misma que solo tiene sostén último en una hermandad cristiana.
Por supuesto, la hipótesis de una teología como base de toda cultura humana puede parecer simple o gratuita. Sin embargo, Tillich inventa aquí una nueva concepción teológica capaz de ser exigente con la vida moderna. Como sabemos, después de Kant, dicha vida ha asumido la regla de oro de la autonomía del hombre y que hoy se expresa, hasta en el derecho, como libertad de ser o de decidir. Los críticos de la religión (y, sobre todo, los ateos) han argüido siempre que un Dios o una iglesia viola dicha libertad, porque ese ser supremo o institución busca imponerse a través de mandatos y ritos incomprensibles. En síntesis, se puede afirmar que la vida moderna prefiere la autonomía, pero la religión resulta ser heterónoma, vale decir, obligatoria, y por ende, es rechazable.
Frente a esta situación casi insoluble, Tillich, con ingenio, decide reconceptualizar la religión y presentarla ahora como teónoma. Término novedoso y a su vez valioso en cuanto a contenido. ¿Qué viene a ser la teonomía? Pues debería entenderse como una suerte de explosión mística de la interioridad humana. El hombre es libre, autónomo, es cierto, pero esa libertad solo puede ser correctamente comprendida si es que trasciende hacia una realidad fundamental. No puede haber otra consecuencia. El individuo que solo se dedica, verbigracia, a satisfacer necesidades o a procrear hijos, de algún modo, al final, se enclaustra y vulnera la regla de la libertad. La única manera para que esta siga su recorrido sin ataduras es la trascendencia hacia un fin supremo.
De esa manera, según Tillich, el hombre es libre, capaz de crear cosas increíbles (aunque también de dañarse), pero en el camino de esa libertad, si es que quiere ser coherente consigo mismo, ha de encontrar a Dios. Este no interfiere en la autonomía humana, pero se presenta inevitablemente en la ruta. Con ello, el pensador alemán pretende haber resuelto uno de los viejos dilemas del mundo: el de la razón versus la fe.
Pero nada es fácil en el mundo de la religión. El teólogo ha servido de mucho para las posiciones cristianas, sin embargo, sus puntos de vista han sido llevados también a distintos ámbitos de las ciencias humanas. Resulta paradójico hoy que inclusive los ateos se sirvan de Tillich para defender su propia perspectiva ateísta. Es que, polémicamente, y esto solo lo tengo que decir ya a vuelapluma, para Tillich hay un Dios más allá de Dios. ¿Qué ha de significar esto? De eso trata mi texto: una invitación al riquísimo pensamiento de Paul Tillich.
(*)Mg. en Filosofía por la UNMSM

