La Mirada Jurídica
- Cuando el propósito es claro, la perseverancia deja de ser un esfuerzo y se convierte en una forma de vivir.
Por: Dra. Anshella Díaz Macedo / Abogada – Docente Universitaria
Quienes habitualmente me leen saben que suelo abordar temas vinculados al Derecho. Esta vez quiero permitirme salir por un momento de los códigos y las leyes para reflexionar sobre algo que, paradójicamente, también encuentra sustento en nuestro orden constitucional: la dignidad de la persona y su derecho al libre desarrollo. Porque detrás de cada expediente, profesión, cargo u obligación existe primero un ser humano, con sueños, talentos y la posibilidad de decidir qué hacer con el tiempo que le ha sido concedido. Y quizá por eso, antes de preguntarnos qué derechos tenemos, alguna vez deberíamos hacernos una pregunta todavía más íntima: ¿qué estamos haciendo con nuestra vida?
Vivimos en una época donde muchas personas sobreviven, pero pocas viven con propósito. Nos levantamos temprano, cumplimos horarios, pagamos cuentas, atendemos obligaciones y repetimos la misma rutina durante años. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a responder la pregunta más importante de todas: ¿Para qué he venido a este mundo?
No me refiero únicamente a una profesión o a un cargo. Hablo de aquello que enciende el alma, de esa actividad que, aun cuando exige sacrificio, nos hace sentir vivos. Porque quien descubre su propósito deja de contar los días y comienza a darle sentido a cada uno de ellos.
El problema es que muchos viven en piloto automático. Algunos trabajan únicamente para llegar a fin de mes; otros persiguen un ascenso que nunca termina de llenar el vacío; otros necesitan la aprobación constante de los demás, convencidos de que el reconocimiento externo les dará el valor que aún no encuentran dentro de sí mismos. Y así pasan los años, acumulando ocupaciones, pero no necesariamente construyendo una vida.
El filósofo Friedrich Nietzsche afirmaba: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Esa frase resume una gran verdad: cuando existe un propósito, los obstáculos dejan de ser razones para renunciar y se convierten en parte del camino.
La historia nos ofrece innumerables ejemplos. Abraham Lincoln perdió varias elecciones antes de convertirse en uno de los presidentes más importantes de los Estados Unidos. Nelson Mandela pasó veintisiete años en prisión antes de liderar la reconciliación de Sudáfrica. J. K. Rowling recibió múltiples rechazos antes de que Harry Potter se convirtiera en una de las obras más exitosas del mundo. En el Perú, Keiko Fujimori continuó participando en la vida política después de derrotas electorales consecutivas, investigaciones judiciales, el fallecimiento de su padre y circunstancias personales difíciles. Más allá de las simpatías o discrepancias que cada uno pueda tener respecto de estas figuras, todas comparten un rasgo común: no abandonaron aquello que consideraban su misión.
La perseverancia, entonces, no consiste únicamente en resistir. Consiste en mantenerse fiel al propósito cuando sería más fácil desistir.
Desde mi experiencia, he comprendido que el verdadero éxito no es acumular títulos, dinero o reconocimiento. Todo ello puede llegar como consecuencia, pero jamás debe convertirse en el fin. El éxito auténtico consiste en levantarse cada mañana sabiendo que el trabajo que realizamos aporta valor a la vida de otras personas y nos acerca a la mejor versión de nosotros mismos.
Por eso resulta preocupante observar cómo muchas personas invierten años en actividades que no aman, permanecen en lugares donde su talento se marchita o viven pendientes de la validación ajena. Confunden aceptación con realización. Buscan aplausos cuando, en realidad, necesitan dirección. Porque el reconocimiento puede alimentar el ego por un instante, pero únicamente el propósito alimenta el alma durante toda una vida.
El tiempo es el único recurso que jamás podremos recuperar. El dinero puede volver; las oportunidades pueden aparecer nuevamente; incluso los errores pueden corregirse. Pero ningún ser humano ha conseguido recuperar un solo minuto de su existencia. Por ello, la pregunta no debería ser cuánto estamos ganando, sino si aquello a lo que dedicamos nuestra vida merece realmente nuestro tiempo.
Quizá hoy sea un buen momento para detenernos unos minutos y preguntarnos con absoluta honestidad: ¿Estoy viviendo la vida que deseo o simplemente estoy sobreviviendo? ¿Lo que hago cada día me acerca a mi propósito o solo responde a las expectativas de los demás? ¿Qué legado quiero dejar cuando ya no esté?
Porque, al final, la diferencia entre una vida ordinaria y una extraordinaria no suele estar en el talento, sino en la claridad del propósito.
Y cuando una persona descubre para qué ha venido a este mundo, deja de competir con los demás. Deja de buscar aprobación. Deja de vivir para las expectativas ajenas. Comienza, simplemente, a vivir la vida para la que fue creada.
Tal vez allí cobre su verdadero sentido aquello que el Derecho reconoce como libre desarrollo de la persona: no solamente la libertad de existir, sino la posibilidad de construir, con nuestras propias decisiones, una vida que tenga sentido.

