Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
Las fábulas del griego Esopo (Fabeln, Reclam, 2009) que esta edición presenta son de las más completas e insignes. Este pequeño libro podría servir como manual de educación general para todos los niños (y adultos), que ya no se necesitaría ni escuelas públicas, ni ministerios de educación ni mucho menos congresistas de la República con sus legislaciones insalubres.
Los griegos antiguos no tuvieron ninguno de esos tres y fructificaron de tal manera que sus ramas se extienden hasta hoy. Las fábulas de Esopo (un excéntrico hombre que vivió hacia el siglo VI antes de Cristo), sirvieron como columna colosal de educación y sabiduría invaluable. Es descabellada la idea de que, si un griego viviera en el siglo XXI, se habría de perder en nuestra compleja y sofisticada estructura de pensamiento y modo de vida. Todo lo contrario: ese griego trasplantado a nuestra sociedad, al ver que un político engaña casi siempre, o que una solterona va a rezar por la mañana pero a cizañar de noche, ese mismo griego diría que el mundo no ha cambiado en lo esencial.
De ahí que cuando leamos las fábulas de Esopo no veamos en ellas piezas anticuarias, sino corazones palpitantes. El hombre, en esos relatos, es el hombre de hoy. Esopo es un vecino cualquiera que nos dice nuestras verdades y aconseja como los ancianos que lo han vivido y visto todo.
Solo que, en Esopo, el hombre está simbolizado por un animal. Muchas de las fábulas tienen como personajes a animales. Hay también, ciertamente, individuos y hasta dioses como partícipes de los relatos. Pero son aquellos los que dan la pauta. Por ejemplo, en “Der Wolf und der Reiher” (el lobo y la garza), el autor nos brinda una moraleja, a través del feroz animal, de que de los malvados, en caso de ayudarles, no se puede esperar más recompensa que el de no hacernos daño. Como se ve, es una lección preciosa acerca de la naturaleza humana.
En otro cuento, “Die Dohle und die Raben” (la grajilla y los cuervos), Esopo posee una catapulta contra el cosmopolitismo. La orgullosa grajilla desprecia a su especie y se va a vivir con los cuervos; pero estos, al verla extraña, la desprecian a ella. La grajilla, entonces, se ve así extranjera de los suyos y de los ajenos, es decir, sin raíces. ¿No se puede decir lo mismo de esos hombres que anhelan tanto el extranjero, pero una vez ahí se sienten extraños, de tal modo que no tienen vínculo en ninguna parte? ¿No está lanzando Esopo una crítica nada velada y adelantada contra muchos escritores latinoamericanos?
La crítica del antiguo griego va a hacia todos los frentes. “Der Geldgierige” (el codicioso) es un látigo implacable contra aquellos que guardan dinero tan solo por guardar, como si se tratase de un pequeño ídolo. Y en “Der Astrologe” (el astrólogo) tira un dardo mortal contra los filósofos (seguramente, estuvo dirigido en su época contra Tales de Mileto, el primer filósofo), pues les recrimina el preocuparse mucho por el cielo sin ni siquiera saber lo que tienen frente a sus pies. Ya sabemos cómo acaba esta historia: con Tales cayendo en un pozo.
Pero, por ahora, la más grande fábula de Esopo es la que esta edición coloca con el número 13 (¡vaya aura!). Titula: “Die Fischer fangen einen Stein” (Los pescadores pescan una piedra). Unos pescadores, al notar pesada su red, creen haber hecho una buena pesca y bailan, pero cuando la sacan a la superficie, descubren que se trata de una inútil piedra; a continuación, sigue el consejo del anciano: la alegría es la hermana de la pena.
Esa es la mayor lección que se le puede dar al mundo moderno, que nos ha engatusado con la idea de la felicidad. En nuestros tiempos, la felicidad consiste en estar alegres siempre y para ello nos atiborran de objetos y fetiches para cumplir con esa meta. La modernidad, pues, nos embute de felicidad, como a las gallinas o los cerdos de vitaminas. Es por ese motivo que el tratamiento de la depresión y el suicidio termina en un total fracaso.
La visión griega era diferente y está expresada en aquella fábula. La vida no puede entenderse como una serie lineal de felicidad, sino como una intercalación entre lo alegre y lo triste, entre lo bello y lo feo, entre la felicidad y la tragedia. No entender eso es volverse monótono; ya no un sujeto, sino un objeto. Y la modernidad necesita de productos, no de individuos. Esopo fue, pues, un profeta antiguo de la libertad.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

