Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
Un día, Yahvé le ordena al profeta Abraham: “¡Abraham, Abraham! Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que amas, a Isaac, vete al monte Moria y ofrécelo allí en sacrificio”. El viejo Abraham, entonces, se levanta muy temprano y sale de su tienda con su hijo, el niño Isaac, un asno y dos ayudantes. Lleva, además, la leña y un puñal.
Ya cerca del monte, Abraham le pide a los dos ayudantes que se queden con el asno, que él continuará solo ahora con su único hijo. El camino del monte es empinado. Isaac, inocente, le pregunta a su padre, quien cargaba la leña para el fuego, que dónde estaba el cordero para el sacrificio. A lo que su padre le calma engañándole que Dios proveerá de un cordero.
Llegado al lugar indicado por Yahvé, Abraham colocó la leña debajo de un altar y ató a Isaac sobre este, dispuesto para el sacrificio. Isaac no dijo nada. Abraham no dijo nada. El cuchillo se elevó en la mano del viejo profeta y antes de caer sobre su hijo, una voz del cielo, la voz de Yahvé, le detuvo: “¡Abraham, Abraham!”…
La Biblia narra esta historia de la salvación en el último segundo del hijo de Abraham. La posteridad la ha venido a llamar el dilema de Abraham: la dificultad de elegir obligatoriamente entre dos opciones. Sin embargo, si nos damos verdadera cuenta, no hay tal dilema en el relato bíblico. En realidad, Abraham nunca duda. Sale, imperturbable, de su tienda, rumbo a sacrificar a su hijo. Podríamos llamar a ello la fe de Abraham.
Søren Kierkegaard, el filósofo danés, en Temor y temblor, ha explicado muy bien esa fe. En Abraham ocurre lo que él denomina una “suspensión de la moral”. La moral da paso a la fe. Las reglas morales se inventaron para hacer lo correcto; pero la religión se inventó para hacer algo más que eso: dirigirnos hacia lo absoluto. La historia de Abraham demuestra que es posible ir más allá de la razón y la ética, y adentrarnos en la categoría de lo insondable y la fe. Y no hay pérdida por ello, sino todo lo contrario: Abraham no solo es recompensado con retener a su hijo con vida, sino que consigue también el más grande aliado de la humanidad: Dios.
Que los hombres se amen entre sí es algo valioso. Que el hombre incorpore en su relación a un tercero, lo es mucho más. El amor de Cosette y Marius, en Los miserables, y con el que se termina esa hermosa novela, no puede estar completo sin la intervención de un tercero: Jean Valjean, quien, en esas páginas finales, es como un representante de Dios bendiciendo aquella relación. Todo hombre que ama de verdad, ama más allá de sí mismo o de su objeto de pasión: su amor tiene que trascender o no sería tal.
Abraham ama a su hijo, pero sabe que su amor no tiene sentido si no participa también aquí su amor a Dios, que está expresado en una fe insobornable. La seguridad de Abraham en llevar a su hijo Isaac al monte Moria no debe ser interpretado como un acto de frialdad: el anciano, a fin de cuentas, jugaba alegremente con su pequeño y, sin duda, lo habría llorado mucho luego de sacrificarlo. Su ejemplo de amor desbordante enmudece cualquier crítica. Un escéptico, a lo sumo, solo puede voltear la mirada.
Adónde, pues, con tantas vueltas sobre los dilemas. Creemos muchas veces que el dilema se presenta como si hubiera dos caminos frente a nosotros. Creemos entonces que los dilemas son los caminos que hay ahí afuera, sin percatarnos que ellos jamás salieron de nosotros, de nuestro interior. A su vez, siempre andamos preguntándonos qué hacer. Y cuando hacemos algo, inquirimos todavía: por qué no hice aquel otro, que esta cosa que elegí me pesa tanto. Luego, para la siguiente elección, nos proponemos pensarlo mejor. Y creamos el dilema.
Pero el que ama de verdad no tiene caminos ni dilemas. Dilige et quod vis fac, dijo San Agustín, en la línea de la fe de Abraham. “Ama y haz lo que quieres”, dijo. El que ama, ama sin vacilaciones; se tiene a él mismo y abraza con ardor, así como Abraham abrazó a su hijo salvado antes de descender del monte Moria.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

