Después de tanto tiempo de espera, finalmente se abre una luz de esperanza para uno de los puntos más importantes de la Panamericana Norte en Áncash: el puente Coishco. La puesta en servicio de un puente modular provisional representa mucho más que una obra temporal; es el paso necesario para iniciar la reparación del puente principal de doble vía, cuya infraestructura requiere una intervención que ya no podía seguir postergándose.
Durante años, transportistas, pasajeros, comerciantes y miles de ciudadanos que utilizan diariamente esta carretera han tenido que convivir con las limitaciones y preocupaciones generadas por el estado de esta estructura. El puente Coishco no es una vía secundaria. Es parte de la principal conexión terrestre entre Chimbote, Santa, Coishco y el norte del país, por donde circulan diariamente vehículos particulares, transporte público y unidades de carga.
La instalación del puente modular, con una inversión aproximada de 629 mil soles, permitirá mantener la transitabilidad mientras se ejecutan los trabajos en la estructura definitiva. Es una solución necesaria y, sobre todo, una señal de que finalmente se ha decidido actuar.
Ahora corresponde que las autoridades cumplan con los plazos anunciados y que la reparación integral del puente principal se realice con responsabilidad, calidad y transparencia. No sería aceptable que esta solución provisional termine convirtiéndose en otra espera interminable.
Áncash necesita carreteras seguras y modernas. El puente Coishco debe recuperar plenamente su condición de infraestructura estratégica para la región y para el tránsito nacional.
Después de tanta demora, la población espera que esta vez las promesas se conviertan en hechos y que pronto podamos contar nuevamente con un puente de doble vía seguro, moderno y en óptimas condiciones.
Problema que no acaba
El dengue vuelve a recordarnos que los problemas de salud pública no desaparecen porque disminuyan temporalmente los casos. En Casma, el incremento de personas afectadas debería encender todas las alarmas y obligar a redoblar los esfuerzos de prevención. Sin embargo, las brigadas sanitarias encuentran un obstáculo preocupante: numerosas viviendas permanecen cerradas durante las jornadas de control larvario.
Que cuatro de cada siete viviendas no permitan el ingreso de los inspectores es una situación que no puede ser tomada como un simple dato estadístico. Detrás de cada puerta cerrada puede existir un recipiente con agua acumulada, un potencial criadero del Aedes aegypti y, por tanto, un riesgo para toda la comunidad.
La lucha contra el dengue no puede reducirse a campañas ocasionales cuando los casos aumentan. Requiere continuidad, organización y, sobre todo, participación ciudadana. Las autoridades sanitarias tienen la obligación de fortalecer sus brigadas, mejorar sus estrategias de comunicación y garantizar que las intervenciones lleguen a los sectores más vulnerables. Pero las familias también tienen una responsabilidad ineludible: permitir el ingreso del personal debidamente identificado y colaborar con la eliminación de los criaderos.
El dengue no respeta viviendas, calles ni condiciones sociales. Un mosquito que se reproduce en un recipiente abandonado puede terminar afectando a una familia entera y convertirse en un problema para todo un barrio.
Por ello, resulta preocupante que, pese a experiencias anteriores, todavía existan vecinos que no comprendan la importancia de estas inspecciones. La prevención no debe empezar cuando aparecen los primeros enfermos, sino mucho antes.
Casma necesita dejar de convivir con este problema como si fuera inevitable. El dengue puede prevenirse y controlarse, pero para ello se necesita una alianza real entre autoridades y población. Abrir una puerta puede parecer un gesto sencillo, pero puede significar cerrar el paso a una enfermedad que sigue amenazando a todos.

