Por: Fernando Zambrano Ortiz
Analista Político
El Perú ha dejado de ser solamente un país que comercia con Estados Unidos y China. Su ubicación en el Pacífico sur, sus minerales estratégicos, el puerto de Chancay y su importancia para la lucha contra el narcotráfico y la minería ilegal lo han convertido en un espacio relevante dentro de la competencia entre las dos principales potencias mundiales.
No estamos ante una confrontación militar directa. Washington y Pekín disputan influencia política, acceso a recursos, control de cadenas logísticas, predominio tecnológico y capacidad para condicionar decisiones futuras del Estado peruano. Los mensajes difundidos recientemente por las representaciones de ambos países demuestran que esta competencia se ha vuelto más abierta. Ya no se desarrolla únicamente mediante inversiones y acuerdos diplomáticos. También se libra en las redes sociales y alrededor de conceptos como libertad, soberanía, transparencia y prosperidad.
Estados Unidos ha presentado la visita del secretario de Estado Marco Rubio como una señal del renovado interés de Washington por América Latina. Su estrategia en el Perú parece sostenerse sobre tres pilares: tecnología, financiamiento y minerales críticos. Desde la Cumbre de Inteligencia Artificial, el embajador estadounidense invitó al Perú a “ser audaz y elegir bien”, afirmando que los países que triunfarán en esta década serán aquellos que otorguen libertad a sus universidades y empresas para crear. La expresión “elegir bien” no es casual: Washington presenta su modelo tecnológico como garantía de innovación y apertura frente a sistemas vinculados con un mayor control estatal.
El segundo pilar es financiero. La participación de JP Morgan y Citibank en una operación destinada a fortalecer la sostenibilidad financiera de Petroperú fue destacada como una señal de confianza internacional y de respaldo a la seguridad energética peruana. El tercer pilar son los minerales críticos. Estados Unidos busca cadenas de suministro “seguras y transparentes” para recursos indispensables en la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, la transición energética y la industria militar. El cobre peruano ocupa un lugar central en esa estrategia.
China respondió con una ofensiva comunicacional igualmente calculada. Su embajada sostuvo que nunca exige a los países latinoamericanos escoger un bando y que el hemisferio occidental “no es el patio trasero de nadie”. También defendió la Asociación Estratégica Integral con el Perú y la denominada Comunidad de Futuro Compartido.
Pekín destacó la exención de visa concedida a los peruanos y la contrapuso con los controles y posibles cancelaciones aplicados por “cierto país”. Aunque evitó mencionar a Estados Unidos, la alusión fue evidente. La representación china afirmó además que sus inversiones en el Perú superan los US$30.000 millones sin generar deuda pública. También comparó las balanzas comerciales acumuladas bajo ambos tratados de libre comercio: un superávit peruano de US$52.000 millones con China frente a un déficit de US$17.300 millones con el país al que denominó “segundo socio”.
La intención es presentar a China como el socio que compra, invierte y abre sus fronteras, mientras Estados Unidos condiciona, impone restricciones y genera endeudamiento. Sin embargo, una balanza comercial favorable no demuestra por sí sola la calidad de una relación. También importa qué exportamos y cuánto valor agregado producimos. China concentra más de un tercio de las exportaciones peruanas, pero estas continúan dominadas por minerales y materias primas.
Pekín ofrece densidad económica; Washington, profundidad estratégica.
China exhibe resultados materiales en minería, energía, telecomunicaciones y, principalmente, en el puerto de Chancay, que está modificando las rutas entre Sudamérica y Asia. Estados Unidos conserva una influencia mayor en finanzas, inteligencia, ciberseguridad, cooperación policial y estándares militares.
La dimensión militar completa la disputa. Washington ha autorizado una posible venta de aviones F-16 al Perú que incluiría radares avanzados, guerra electrónica, comunicaciones seguras, simuladores, entrenamiento y apoyo logístico. Una adquisición de esa magnitud no significa comprar solamente aeronaves. Supone adoptar durante décadas una doctrina operativa, sistemas de mantenimiento, actualizaciones tecnológicas y una determinada cadena de suministros. Estados Unidos también ha proporcionado helicópteros Black Hawk y mantiene una intensa cooperación mediante entrenamiento, inteligencia y ejercicios militares conjuntos.
China, por su parte, ha ingresado en el sistema de defensa peruano mediante drones para vigilancia, cartografía e inteligencia, acompañados por capacitación en el sistema chino de navegación BeiDou. El valor estratégico ya no reside únicamente en el avión, el helicóptero o el dron, sino en los sensores, los datos, el software y el mantenimiento. Un equipo que no puede ser reparado localmente o cuyos datos permanecen bajo control externo representa dependencia antes que capacidad nacional.
El puerto de Chancay concentra las preocupaciones estadounidenses. No existe evidencia pública de que funcione como una base militar china y sería irresponsable afirmarlo. Sin embargo, su profundidad, conexión directa con Asia y operación por una empresa estatal china le otorgan un potencial de uso dual que el Perú debe vigilar.
Washington habla de libertad, transparencia y tecnología confiable. Pekín responde con soberanía, inversión y no interferencia. Ambos ofrecen beneficios, pero también buscan establecer las condiciones dentro de las cuales el Perú tomará sus decisiones.
Nuestro país no debe alinearse automáticamente con una potencia ni sustituir una dependencia por otra. Necesita imponer las mismas reglas a todos sus socios: transparencia contractual, transferencia tecnológica, mantenimiento local, protección de datos y alternativas de suministro.
La pugna por el Pacífico ya se desarrolla en tierras peruanas. No se libra con cañones frente a nuestras costas, sino en puertos, minas, radares, drones, redes digitales, operaciones financieras y contratos de mantenimiento.
La pregunta decisiva no es cuál de las dos potencias impondrá su hegemonía en el Perú, sino cuánto sabrá aprovechar nuestro país esta disputa para atraer mejores inversiones, obtener mayor transferencia tecnológica, modernizar sus capacidades y fortalecer su autonomía estratégica.

