Opinión

La política que el Perú necesita

Por: Fernando Zambrano Ortiz

Analista Político

En el Perú hemos terminado asociando la política con la confrontación, con la disputa permanente por cargos, espacios de poder y posiciones. En medio de ese ruido, hemos ido perdiendo de vista algo esencial: la política no nació para dividir a una sociedad, sino para hacer posible la convivencia entre personas que piensan distinto y, aun así, necesitan construir un destino común.

Gobernar no consiste en eliminar las diferencias, sino en administrarlas dentro de reglas comunes y convertirlas, cuando sea posible, en acuerdos. Del mismo modo, ser oposición no significa obstruir al gobierno ni apostar por su fracaso, sino fiscalizarlo, cuestionarlo cuando corresponda y ofrecer alternativas. La democracia necesita tanto un gobierno con capacidad de decisión como una oposición responsable, porque cuando uno pretende imponerse sin escuchar y la otra convierte cada iniciativa en un campo de batalla, el resultado no es equilibrio institucional, sino parálisis.

La política democrática exige entender que discrepar no obliga a destruir al adversario y que controlar no es lo mismo que bloquear. Un gobierno debe aceptar límites, controles y críticas; una oposición debe reconocer que su función no es impedir que el país avance, sino contribuir a que las decisiones sean mejores y más legítimas.

El problema se agrava cuando el poder deja de ser un instrumento y se convierte en un objetivo en sí mismo. Tener poder, sin embargo, no es lo mismo que tener liderazgo. Una autoridad puede lograr obediencia por el cargo que ocupa; un líder consigue que otros lo sigan porque confían en él, reconocen coherencia en sus actos y encuentran sentido en la dirección que propone.

Esa diferencia explica buena parte de nuestras dificultades políticas. Hemos tenido muchas autoridades y demasiados caudillos, pero no siempre liderazgos capaces de trascender la coyuntura. El liderazgo verdadero no se proclama ni se construye solo con discursos. Se gana con conducta, coherencia y ejemplo.

A ello se suma otra debilidad: nuestra política vive demasiado pendiente del corto plazo. Muchas decisiones se toman pensando en la siguiente votación, el siguiente titular o la próxima elección. Pero gobernar exige estrategia, capacidad para anticipar problemas y construir objetivos que puedan sostenerse en el tiempo. Un país que solo reacciona a las urgencias termina condenado a administrar crisis sucesivas.

En esa tarea, los partidos políticos deberían cumplir un papel fundamental. No deberían ser únicamente maquinarias electorales, sino organizaciones capaces de formar dirigentes, representar ideas, canalizar demandas y convertirlas en propuestas de gobierno. Cuando dejan de cumplir esa función, la política se personaliza, aparecen liderazgos improvisados y se debilita la institucionalidad.

La democracia tampoco puede reducirse al voto. Democracia significa respetar reglas, aceptar la alternancia, escuchar a quien piensa distinto y comprender que el adversario político no es necesariamente un enemigo. Ningún país puede gobernarse permanentemente bajo una lógica de vencedores y vencidos.

Después de competir, hay que gobernar. Y gobernar obliga a conversar, persuadir, negociar y, muchas veces, ceder. Eso no significa abandonar convicciones, sino comprender que en democracia nadie puede imponer siempre el cien por ciento de su posición.

Tal vez allí se encuentre el cambio que el Perú necesita: menos política entendida como lucha por ocupar espacios y más política entendida como servicio; menos improvisación y más estrategia; menos caudillos y más líderes; menos bloqueo y más capacidad para construir.

Al final, todo puede resumirse en una idea sencilla: el poder debe servir, la política debe unir, la democracia debe incluir y el Estado debe proteger.

El Perú no necesita menos política. Necesita, simplemente, una política mejor.