Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
Kafka viene a ser también un efecto de la Primera Guerra Mundial. La guerra es madre de tantas cosas; y Kafka no es la excepción. Solamente que a este lo puso a un costado de las trincheras y le permitió observar, a la distancia, el vientre mismo de donde salían tantos hijos y tantos muertos. Alguna vez afirmé que la Gran Guerra significó un desfase entre lo humano y la máquina. Kafka bebió de esa leche. Para él, lo humano se encontraba en un estado de desfase, de desajuste.
Con Kafka, además, se descubre que el universo no es parte de nosotros, sino que está ahí afuera, alejándose. Y cada que el hombre lo persigue, se da cuenta que, al final, no había necesidad de ello, pues el perseguido siempre estuvo en el mismo punto de partida que su perseguidor, aunque oculto. Y lo que es más misterioso: en su literatura, dicho hombre no se horroriza, ni se rebela ante esa situación. Solo se allana.
Cuánto se ha hablado del escritor de Praga. Es más, se ha apreciado tanto sus relatos, pero en desmedro de sus novelas. A mí me inundan, en la misma medida, las pesadillas de sus cuentos cortos, como las de sus obras largas. Pero ahora quizá me atreva a algo más discutible. Podría decir que los aforismos kafkianos son mucho mejores que sus relatos y sus novelas. No es un tema baladí. El universo o Dios se ha tardado mucho en forjarnos, pero ha hecho de estos seres minúsculos y débiles, los humanos, su más preciada joya, porque estos guardan dentro de sí la consciencia, el espejo mismo del todo. De ahí que, en el objeto más diminuto, está mejor concentrada la verdad. En la brevedad anida la lechuza.
Precisamente, Kafka ha escrito una serie de aforismos durante su estancia en el pueblo de Zürau durante la guerra y que el profesor Reiner Stach nos ha podido trasladar en una lograda edición. Si revisamos estos aforismos, podremos llegar a la conclusión del párrafo anterior: el escritor ha concentrado todo su ser en la construcción de los mismos. ¿Cómo ha lo ha conseguido? Ha ido pelando el lenguaje y la realidad, como si se trataran de una cebolla, para brindar al mundo unas frases que pueden partir el hielo más compacto.
A través de los aforismos, podemos acercarnos al pleroma del universo kafkiano, que resulta ser una combinación de filosofía, estética y religión, en la que la concisión parece afilarse más y más cada que se repite su lectura. Dice, por ejemplo, uno de los aforismos: “Ein Käfig ging einen Vogel suchen” “(Una jaula fue en busca de un ave”). Parece haber aquí un primer nivel problemático, velado: ¿las aves buscan las jaulas? Pero inmediatamente se pasa a un segundo plano, sin dejarnos tiempo para reflexionar sobre el primero y sobre todo para complicar más el asunto: ¿las jaulas salen en busca de las aves? Esa “ave” puede aludir a varios de nosotros, y por ello, la concisión y la profundidad no podían haberse fundido mejor.
En otro aforismo, Kafka demuestra de nuevo su capacidad de hendir: “Ein Glaube wie ein Fallbeil, so schwer, so leicht” (“Una fe como una cuchilla de guillotina: tan pesada, tan ligera”). Cualquiera que fuese la interpretación de “pesada” o de “ligera”, lo cierto es que la fe termina por ser un arma fatal. Y, más posiblemente: fatal para uno mismo. Sin embargo, en la visión kafkiana, no implicaría que la fatalidad sea necesariamente un mal.
En varios de los aforismos del praguense, está presente la religión judía y la filosofía platónica. Pero ambas sirven a la voluntad del autor, quien busca poner un escalón más sobre ellas, a fin de atisbar mejor el mundo incógnito de afuera. Y lo que descubre Kafka puede llegar a ser meramente impactante, aunque se queda solo en eso: en el impacto, en el golpe metafísico. El ejemplo más notable es el siguiente aforismo, sobre el que me detendré un poco: “Du bist die Aufgabe. Kein Schüler weit und breit” (“Tú eres la tarea. Ningún alumno a lo ancho y largo”).
Interpreta así el profesor Stach: al señalarse que uno mismo es la tarea, haría pensar que, una vez culminado el trabajo, uno debe desaparecer, pues, como la experiencia cotidiana evidencia, solo buscamos librarnos de la tarea. Se ve por lo tanto que, al no haber alumnos en ningún lado, nos encontramos solos, reconociendo nuestro deber de hacer algo, aunque esa acción implique nuestra propia culminación, nuestra extinción. ¿No es cierto que un profeta tiene esta verdad dentro de su corazón?
No encuentre en Kafka ni resultados, ni victorias. Solo constatación. Solo expectativa.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

