Este domingo, los ciudadanos volveremos a las urnas para elegir a quienes tendrán en sus manos la conducción de nuestras municipalidades y del Gobierno Regional durante los próximos cuatro años. No se trata, por tanto, de cumplir simplemente con una obligación para evitar una multa. Se trata de ejercer uno de los derechos más importantes que tiene un ciudadano en una democracia: elegir a sus autoridades.
Y precisamente por la trascendencia de esa decisión, no podemos acudir a votar de manera improvisada, por simpatía, amistad, promesas vacías, regalos o discursos que suenan bien, pero que no resisten el menor análisis. Nuestro voto tiene consecuencias. Lo que decidamos en las urnas determinará quién administrará los recursos públicos, ejecutará las obras, conducirá los servicios municipales y regionales y tomará decisiones que afectarán directamente nuestra vida cotidiana.
Elegiremos alcaldes distritales, alcaldes provinciales y gobernadores regionales. Es decir, escogeremos a quienes deberán enfrentar problemas que no pueden seguir esperando: inseguridad ciudadana, deficiencias en salud y educación, falta de agua y saneamiento, vías deterioradas, contaminación, abandono de espacios públicos y tantas otras necesidades que conocen perfectamente nuestros pueblos.
Por eso, esta elección exige responsabilidad.
Hay candidatos que han presentado propuestas y equipos que deben ser examinados con seriedad. Pero también es evidente que no todos quienes postulan merecen automáticamente nuestra confianza. Una candidatura no se convierte en buena opción solamente porque tenga publicidad, carteles, mítines multitudinarios o una campaña costosa. El ciudadano tiene que mirar más allá de la propaganda.
Debemos revisar quiénes son, qué han hecho antes, cuáles son sus antecedentes, qué propuestas presentan y, sobre todo, si aquello que ofrecen es realmente posible. También debemos preguntarnos de dónde vienen sus promesas, quiénes los acompañan y qué intereses podrían estar detrás de una candidatura.
No podemos volver a equivocarnos por falta de información.
El voto es secreto y libre. Nadie debe decirnos por quién votar. Pero sí tenemos la obligación de llegar a la urna con una decisión consciente. No debemos permitir que otros decidan por nosotros ni entregar nuestro voto a cambio de una dádiva, una promesa o un favor momentáneo. Cuatro años de una mala gestión pueden significar mucho más que cuatro años perdidos: pueden representar millones de soles desperdiciados y oportunidades que jamás regresarán.
Por eso, acudamos a votar. Hagámoslo no solo porque existe una sanción económica para quien no cumple, sino porque somos ciudadanos y tenemos el deber de participar en el destino de nuestra comunidad.
Que cada elector marque su voto con absoluta libertad, pero también con absoluta responsabilidad. Que cuando salgamos del local de votación podamos tener la tranquilidad de haber elegido después de informarnos y reflexionar.
Porque una democracia no se construye solamente el día de las elecciones. Pero ese día comienza, con nuestro voto, una parte importante de lo que ocurrirá durante los próximos cuatro años.

