Editorial

::: SIN VACUNA NO HABRÁ NORMALIDAD :::

Cada vez con mayor frecuencia, los seguidores  de una y otra secta religiosa han agarrado la costumbre de abordar los vehículos de transporte público llamadas burritas para hacer alarde que ellos no necesitan ponerse  una mascarilla y menos hacerse vacunar para estar a salvo del coronavirus. No contentos con esta  prédica irracional y pronunciando palabras amenazantes “en nombre del señor”, proponen a los pasajeros a seguir su mal ejemplo porque, según ellos,  la pandemia no se combate con vacunas ni con medicinas sino simplemente escuchando la palabra de Dios.

Lo que no se atreven a reconocer estos profetas de la irracionalidad es que, si en este momento el  número de contagios y fallecimientos se está reduciendo lenta pero progresivamente, es porque, tanto aquí como en el resto del mundo, el proceso de vacunación ha empezado a rendir sus efectos.

Esto trae a la memoria la actitud, igualmente irresponsable, de algunas autoridades políticas  e incluso profesionales de la medicina que, en un claro afán de protagonismo personal y simple exhibicionismo, desafiaron a la ciencia tratando de impulsar en plena pandemia un movimiento anti vacuna; movimiento que, a Dios gracias, finalmente no prosperó.

Como se recuerda, fue tal la perorata  mediática con la que estas personas se despacharon a través de algunos medios de prensa y de las redes sociales, que en un primer momento se dieron el gusto de causar alarma y confusión en determinados sectores de la población. En el colmo de la insensatez,  llegaron  al extremo de asegurar que las vacunas no eran más que agua destilada, y que en vez de curar más bien estaban matando a la gente.

En medio de este escenario, propio del más absurdo y reprochable barbarismo verbal, el proceso de vacunación ha logrado imponerse, tanto así que la humanidad entera está empezando a respirar con más tranquilidad.

En ese sentido han hecho muy bien las autoridades  políticas y sanitarias del Perú en disponer la prolongación del estado de emergencia por un tiempo más y prohibir hasta nuevo aviso la realización de eventos artísticos y deportivos que generen concentración masiva. Igualmente meritoria es la disposición gubernamental que obliga a todos los pasajeros de los ómnibus interprovinciales a exhibir el carnet de vacunación que acredite haber recibido ambas dosis.

Pues bastaría que una sola de estas personas sea portadora del coronavirus, para que todo su entorno termine contagiado. De nada valdría que todo el mundo se aplique la vacuna y respete los protocolos de seguridad, si uno o dos irresponsables no lo hacen y encima exigen a los demás a no usar mascarillas. Eso sería traerse abajo todo el esfuerzo que viene realizando el gobierno y el sacrificio de miles de médicos y paramédicos que luchan en primera fila, muchos de los cuales han pagado con sus vidas este sacrificio.

Pese a quien le pese, nadie podrá poner en duda que solo la vacuna permitirá vencer al virus y devolverle al mundo la esperada normalidad.