Por: Eiffel Ramírez Avilés (*)
La contradicción de los abogados de hoy es estudiar la carrera de derecho, que se entiende que los entrena para hablar bien en público, pero al final terminan desaprobados en los escenarios. Hablar bien en público, por supuesto, debe significar una cosa: encantar a una audiencia. Pero, repito, hace mucho tiempo que ningún abogado encanta a nadie. Es decir, no habla bien en público.
Un abogado no necesita encantar a un público (podrá decir un abogado cazurro y canchero, como se dice en el habla popular), basta que sus argumentos, que defienden la verdad, se impongan y el juez los apruebe. Pero este abogado no hace más que darme la razón: a los abogados solo les importa la árida verdad y ya no hablar bien. Si ello fuese así, nada asegura que los abogados no entren al pelotón de desempleados del futuro.
¿Cómo que no hablamos bien en público?, preguntará seguramente otro abogado, ahíto de prez y de diplomas. Pero para que capte el problema, se le puede poner un ejemplo sencillo. ¿Se ha preguntado alguna vez quién ve las audiencias judiciales? Las audiencias judiciales, nuestras audiencias judiciales, son hoy aburridísimas, nadie las quiere ver. Solo los abogados y aprendices de derecho las ven, pero más por obligación, pues es parte de su formación. Los no abogados no miran esas audiencias, porque solo encuentran en ella a un letrado leyendo su código; a un fiscal leyendo su diapositiva; y a un pesado juez sentado, inmutable, sin gracia. Hablar bien es gustar, y la abogacía hace tiempo que no gusta ni al panadero de la esquina.
¿Hubo un tiempo en que el panadero de la esquina, el farmacéutico del frente, el vendedor de minucias, el primo, el tío, la solterona madrina, corría a ver a los abogados hablar? Sí. Antiguamente, a la abogacía se la llamaba oratoria; y a los abogados, oradores. Estos ejercían su defensa en el ágora, la plaza o el foro, y la gente iba a escucharlos, porque su lenguaje era claro, agradable y masivo. El abogado defendía a su cliente, así, no solo frente a jueces, sino frente a la sociedad entera; por ello, el jurista se debía preparar no solo para hablarle a los doctos, sino al pueblo mismo.
Con el tiempo la oratoria se disoció de la abogacía. Hoy, para ser un abogado de carrera, no se requiere dominar dicho arte. Un abogado puede estar sentado en una oficina sin haber dado un solo discurso en su vida. Hoy nuestros abogados hablan con propiedad y fineza, ya sea en las audiencias o en las entrevistas periodísticas, pero eso no es más que una simple exposición, la misma que cualquier estudiante de universidad puede realizar mediante un papelote. Hablar bien en público es disertar ante un grupo diverso, exigente y posiblemente numeroso, y en el que se debe utilizar recursos retóricos con los que se note el fervor del conferenciante. ¿Es mucho pedir un poco de sudor a los abogados?
Usted quiere políticos y no abogados, podrá contradecirme un tercer abogado experimentado. Le habría de recordar que, si ha leído un poco de historia, antiguamente el político, el orador y el abogado eran lo mismo. Si a mí me preguntan quién fue el mejor abogado de todos los tiempos, respondería que el romano Cicerón, porque, además de ser esos tres personajes, fue filósofo. Hoy los abogados se hacen especialistas, comparándose con los médicos, y sus sesiones y defensas las programan como cirugías, y su bufete es un laboratorio. ¿Estetoscopio? No. Corbata.
Todo esto no importaría, si es que el abogado cumple su función o deber. Pero anote el joven practicante esto: los abogados podrán tener muchas virtudes, y hartamente comprobables, pero hablar bien en público no. ¿Por qué han olvidado ese objetivo fundamental, que era parte de su piel? No diría que por pereza; tampoco por pusilanimidad. Pienso que por desidia: y eso es reversible.
(*) Mg. en Filosofía por la UNMSM

