Por: Dr(c) Miguel Koo Vargas
Comunicador y profesor de posgrado
Las elecciones ya quedaron atrás. Los discursos de campaña, las promesas y la confrontación política dieron paso a una etapa mucho más compleja que es gobernar. Y si hay un frente donde el nuevo gobierno será evaluado desde el primer día, será en la economía.
El Perú no recibe una economía en crisis, pero tampoco una economía que pueda crecer por inercia. Venimos de varios años de incertidumbre política, baja inversión, aumento de la inseguridad y una preocupante pérdida de confianza. Recuperar ese optimismo será, probablemente, el mayor desafío de Keiko Fujimori.
Existe, sin embargo, una señal que ha sido bien recibida por los mercados y el sector empresarial. La posibilidad de que Luis Carranza vuelva a conducir el Ministerio de Economía y Finanzas. Quien fuera ministro durante el segundo gobierno de Alan García representa para muchos un mensaje de estabilidad, disciplina fiscal y respeto por las reglas de la economía de mercado. No se trata únicamente de un nombre; se trata de la confianza que inspira un técnico con experiencia y credibilidad, precisamente el tipo de liderazgo que el país necesita en un momento como este.
La confianza, después de todo, también mueve la economía. Los inversionistas no solo analizan cifras; observan quiénes estarán tomando las decisiones. Cuando existe predictibilidad, las empresas invierten, generan empleo y dinamizan el consumo. Cuando predominan la incertidumbre y la improvisación, el capital simplemente busca otros destinos.
Pero ningún ministro, por prestigioso que sea, resolverá por sí solo los problemas estructurales del país. El próximo gobierno deberá demostrar que tiene la voluntad política para destrabar grandes proyectos de inversión, ejecutar eficientemente el presupuesto público, reducir la burocracia y devolver la seguridad jurídica que tanto reclaman quienes desean apostar por el Perú.
Otro reto impostergable será enfrentar la informalidad. Millones de peruanos trabajan sin acceso a seguridad social ni estabilidad laboral. La formalización no puede seguir siendo sinónimo de más trámites y más costos; debe convertirse en una oportunidad para crecer y competir.
La inseguridad ciudadana también se ha convertido en un problema económico. Cada empresario que cierra por culpa de las extorsiones, cada comerciante que reduce sus inversiones por miedo y cada emprendedor que decide no abrir un negocio representan menos empleo, menos crecimiento y menos oportunidades para miles de familias.
Finalmente, el país necesita recuperar algo que hemos ido perdiendo durante años, la confianza entre el Estado, las empresas y los ciudadanos. Sin ella, cualquier plan económico está condenado a avanzar con dificultades.
Keiko Fujimori ya ganó una elección. Ahora debe demostrar que puede recuperar el crecimiento, atraer inversiones y devolverle al Perú la estabilidad que alguna vez lo convirtió en uno de los países con mayor dinamismo económico de la región.
Las campañas se ganan con votos, pero los gobiernos se consolidan con resultados. Y, en esta oportunidad, esos resultados tendrán un nombre. Crecimiento económico con confianza.

